Wembley, 1992: el cañonazo a la historia de Koeman

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Habían pasado seis años desde que un equipo llamado Steaua de Bucarest y un portero de nombre Helmuth Duckadam se habían cruzado en el trayecto del FC Barcelona hacia su primera Copa de Europa. Seis primaveras de ansiedades, remordimientos y malos recuerdos. También de esperanza, porque muchos seguían confiando en los desagravios del destino tras la pesadilla vivida en el Sánchez Pizjuán el 7 de mayo de 1986. Sus anhelos encontraron las primeras respuestas en la figura de un entrenador holandés avalado por un colosal pasado como jugador: Johan Cruyff. Considerado como uno de los mejores futbolistas de la historia, Cruyff no era un desconocido en Barcelona. Deleitó al Camp Nou vestido de corto durante cinco temporadas. La llegada de El Flaco al banquillo culé explicitaba una apuesta por el juego de posesión, alegre y ofensivo, sin excesivos rigorismos tácticos.

Justo antes de enfrentarse a la Sampdoria el 20 de mayo de 1992 en la final de la Copa de Europa, en Wembley, la sufrida afición blaugrana recordaba bien la coyuntura deportiva e institucional que rodeaba al club cuando Cruyff pasó a ser el técnico del equipo. La Quinta del Buitre estaba en su apogeo y la presidencia de Núñez había sido cuestionada por la propia plantilla con el famoso Motín del Hesperia. Los dos primeros cursos de Johan no fueron fáciles. Su filosofía futbolística requería un reposo y una asimilación que la directiva supo interpretar. Para edulcorar la espera, llegaron dos títulos (Recopa en la 88-89 y Copa del Rey en la 89-90 ante el Madrid), pero los blancos seguían mandando en España. Por fin, en la temporada 90-91, el Barcelona conquistó la Liga. Con un tridente foráneo inmejorable (Koeman, Laudrup y Stoichkov) arropado por Bakero, Eusebio o un jovencísimo Guardiola, el cuadro catalán encaraba la Copa de Europa 91-92 con el convencimiento de que los complejos del pasado podían superarse.

En las horas previas al partido decisivo ante los italianos, acudía a la llamada de la memoria la eliminatoria de octavos contra el Kaiserslautern, superada con un cabezazo agónico de Bakero en Alemania que elevó al racial centrocampista al santoral culé. Tampoco había caído prisionero de la amnesia el triunfo crucial contra el Benfica en la liguilla de cuartos. Una victoria que valía el pase a la tercera final de Copa de Europa tras las decepciones de Berna (1961) y Sevilla.

De todas formas, el pasado tiene la importancia que se le quiere conceder desde el presente. Nada de lo anterior importaba cuando el alemán Schmidhuber decretó el inicio del choque en Wembley. La Sampdoria no imponía tanto como sus paisanos del Milan, el Inter o el Nápoles, pero eran italianos y, por tanto, ultracompetitivos. Además, anhelaban revancha (el Barcelona les había arrebatado la Recopa en 1989). Dirigidos por el histórico Vujadin Boskov, sus pilares eran un portero solvente (Pagliuca), el trabajo y la clase de Toninho Cerezo y Lombardo en el mediocampo y la pegada virtuosa (Vialli y Mancini). Enfrente, el juego desenfadado de los chicos de Cruyff, expresado a la perfección en la famosa sentencia con la que Johan parece que les arengó en el vestuario del templo inglés.

“Salid y divertíos”. Nadie dudaba de que los jugadores del Barça disfrutaban con el balón y su posesión infinita, pero una final es un partido diferente. Los nervios incordian más al favorito y la aparente víctima, con mucho que ganar, esquiva mejor la presión y jamás desaprovecha la ocasión de morder para ver si su contrincante es tan fuerte como parece.

Fue una final ajustada a los cánones. Es decir, un partido sin demasiado brillo. A los pupilos de Cruyff les costó controlar el ritmo. La inspiración se había marchado justo cuando era más necesaria. Pagliuca desbarató un par de opciones culés, materializadas por Koeman (de falta) y Stoichkov (cabezazo a centro de Eusebio), en la primera mitad. La espesura dominante en los 45 minutos iniciales también se alteró en un disparo a bocajarro del inconfundible Lombardo que despejó Zubizarreta. La Sampdoria aguardaba agazapada, pero mantenía afiladas las garras que le habían transportado a la final.

La dinámica del juego favorecía los intereses italianos. El Barça tomó conciencia de ello y salió en el segundo tiempo con más intensidad y empuje. Como la calidad venía de serie, el cuadro catalán empezó a merodear con mayor frecuencia la portería transalpina. Julio Salinas (en una acción embarullada desbaratada por los reflejos de Pagliuca) y Stoichkov estuvieron cerca de marcar. La Sampdoria, a lo suyo, amenazó el arco azulgrana en una rápida acción de Lombardo que Vialli, solo ante Zubizarreta, culminó con un disparo desviado. Los minutos se consumían y el 0-0 persistía. La prórroga acechaba cuando Stoichkov reapareció. El temperamental delantero búlgaro se benefició de una asistencia genial de Laudrup y encaró a Pagliuca. El corazón de los culés dejó de latir cuando Hristo cruzó su disparo. Falsa alarma. El balón chocó con el poste y un lamento generalizado recorrió el sector blaugrana de Wembley. Stoichkov maldijo con sus característicos aspavientos la fortuna italiana. Vialli replicó en dos secuencias consecutivas. Una la desbarató un acertado Zubi y la otra se perdió cerca del poste derecho tras un toque lleno de clase del internacional azzurro. Ahora tocaba respirar de alivio y coger aire. No había vuelta atrás. La final se decidiría en treinta minutos adicionales para los que los jugadores tenían las fuerzas justas. Quizás ni eso.

La prórroga es una instancia decisoria donde se aglomeran pensamientos, deseos y sensaciones a un ritmo difícil de asimilar por los sufridos protagonistas. La conjunción del deseo de victoria con el extremo cansancio físico y psicológico da como resultado una receta casi invariable. Los equipos contendientes atacan sin demasiada convicción. Reculan porque saben que un error a esas alturas es fatal. Y prefieren no perder que salir a ganar. El Barça lo siguió intentando, pero la gasolina escaseaba. Únicamente una oportunidad de Bakero rompió un guion que parecía contar con el consentimiento tácito de ambas partes.

Costaba creer que el equipo de Cruyff quisiese entregar su destino a otra tanda de penaltis como la de Sevilla ante el Steaua, pero los minutos pasaban y las ideas se agotaban. El balón parado no era el recurso de cabecera de aquel Barcelona, pero todo vale en circunstancias extremas. Más si se cuenta con un jugador como Ronald Koeman. Eso debió pensar el sufrido seguidor blaugrana cuando vio al defensa holandés preparado para golpear el cuero tras una falta de Invernizzi a Eusebio cerca de la frontal del área. Corría el minuto 112. Stoichkov sacó en corto, Bakero paró el esférico y Ronald lo reventó con la diestra. El balón atravesó la barrera como un misil y no paró hasta impactar con violencia en la red de la portería de Pagliuca. Koeman corrió poseído por el extásis del momento. Sus compañeros lo abrazaron con fervor. Cruyff, en la banda, mantuvo la compostura, pero intuía culminada la obra que había comenzado cuatro años antes. La conquista de la primera Copa de Europa de la institución legitimaba su apuesta atrevida e inmortalizaba su figura, origen de un legado que todavía perdura en Can Barça.

En esa final se desecharon complejos atávicos y paranoias victimistas. El encuentro de Wembley supuso mucho más que un magno trofeo continental levantado al firmamento de Londres por José Ramón Alexanco. Invirtió tendencias históricas que parecían inamovibles y exorcizó los fantasmas del derrotismo. El pesimismo patológico busca otra sede, porque ya no es bienvenido en Barcelona. Desde aquel 20 de mayo de 1992.

 

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