Final Four de 1996: el tapón ilegal que prorrogó la maldición

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Desde 1984, cuando Larry Wright destrozó al F.C. Barcelona y coronó al Banco di Roma en la final de Ginebra, la Copa de Europa (luego Euroliga) había forjado con el conjunto catalán una relación metafóricamente similar a la del pueblo judío con la tierra prometida. Año tras año, el equipo se conjuraba para alcanzar lo que le correspondía por derecho histórico, pero las divinidades de la canasta prolongaban la espera. La travesía por las últimas rondas y la Final Four respondía al mismo patrón: un favoritismo ilusionante antes del partido decisivo que mutaba a la conclusión en tristeza, en la frustración de tener que esperar al menos un curso más para ocupar el trono del baloncesto europeo. El fatalismo culé alcanzaba el grado de maldición bíblica.

Tras el Banco di Roma de Wright llegó la Jugoplastika de Split, mítica y ultratalentosa escuadra balcánica. Fue la peor de las plagas a las que tuvo que enfrentarse el Barça en su camino por el desierto. Kukoc y Radja eran los líderes de una formación cuyo juego parecía influenciado por los mismos dioses que daban la espalda a los azulgranas. Durante tres ediciones consecutivas (89, 90 y 91), en las que a su rival le dio tiempo a cambiarse de nombre (en el 91 ya era el Pop-84), el Barcelona padeció la enorme calidad de sus jóvenes y descarados adversarios. Desquiciado, esperó a 1994 para volver a estar entre los cuatro mejores del continente. En Tel Aviv, para mayor escarnio, fue el Joventut el que se cruzó en semifinales.

Dos años después de la derrota ante su enemigo histórico, los culés viajaron a París, la Ciudad de la Luz, esperando que la capital francesa alumbrase sus pasos finales en el  tortuoso sendero hacia la gloria. En la Final Four de 1996, el Barça se dio el gusto de despachar al Madrid en la penúltima estación. Los blancos, vigentes campeones, tenían un bloque muy competitivo, pero ya no contaban con Sabonis, lo cual suponía una diferencia cualitativa clave respecto a su logro de la campaña anterior. El conjunto de Aíto García Reneses remontó una desventaja de 15 puntos con Karnisovas (anotó 24) como referente y se clasificó para la final (76-66).  Estaba de nuevo a las puertas del éxito absoluto.

El último obstáculo era el Panathinaikos de Bozidar Maljkovic, verdugo en semifinales del CSKA de Moscú. El Barcelona conocía bien al técnico serbio. Boza le había arrebatado dos Copas de Europa con la Jugoplastika y, a posteriori, tampoco había podido acabar con el hechizo en su etapa como entrenador de la institución culé. Bajo sus órdenes, el equipo ateniense contaba con un grupo de jugadores liderado por ilustres veteranos como Giannakis, Vrankovic o la ex estrella de la NBA Dominique Wilkins. Asimismo, comenzaban a despuntar futuros cracks (Alvertis y Ekonomou). Frente a todo esto, el Barça contaba con la calidad rebosante de Arturas Karnisovas (su principal figura), la buena dirección de Galilea, la muñeca de Xavi Fernández y la experiencia de hombres como Montero, Jiménez o Salva Díez.

El choque no fue brillante, lo cual suele venirles muy bien a los equipos griegos. Giannakis controló el ritmo y Panathinaikos, superior en el rebote, se marchó al descanso ganando de diez puntos (una diferencia ostensible en los guarismos anotadores en los que se movía el juego). Los atenienses se postulaban como campeones mientras los aficionados culés imploraban, por una vez, algo de fortuna.

Al principio sus plegarias fueron escuchadas. El Barcelona empujó cuando todo parecía perdido y se puso, ya en el último minuto, a un punto de los helenos. Por desgracia, la posesión era del Panathinaikos, y el basket-control, la especialidad de la casa. Korfas y Giannakis se pasaron la bola sin mirar el aro, hasta que el base natural de Ohio rompió la secuencia y realizó una media penetración que finalizó en las manos de Vrankovic. El gigante croata no supo qué hacer. Giannakis fue hasta su posición para recibir el balón, pero la acción ya estaba enredada. Los exteriores del Barça se lanzaron como felinos a presionar a Giannakis y el histórico jugador resbaló y cayó. Tras unos instantes de lucha desesperada a ras de suelo, la bola llegó a José Antonio Montero, que corrió hacia la canasta griega.

Faltaban cuatro segundos para la conclusión de la final y la situación era idílica. Nadie parecía interponerse en el trayecto de Montero (un base de 1,93 seleccionado en el draft de 1987) hacia la inmortalidad deportiva. Pero alguien fue más rápido. Stojan Vrankovic, un pívot de dimensiones mastodónticas (2,18 y 120 kg), recorrió la mitad de la cancha con su inmensa zancada y taponó el intento. El balón había tocado en el tablero antes de ser barrido por el croata, pero los colegiados no concedieron los dos puntos de la victoria. No vieron nada, o no quisieron verlo. Era la época de Borislav Stankovic en la FIBA, un tiempo en que el baloncesto heleno creció de manera espectacular mientras sus clubes y la selección nacional eran tratados con complicidad por el estamento arbitral.

En esos últimos instantes se produjeron varias irregularidades que se concentran en tres puntos: el mencionado tapón de Vrankovic, unos posibles pasos de Montero en su aproximación a canasta y la detención del cronómetro del partido (que estuvo parado varios segundos) cuando el conjunto catalán recuperó el balón en el centro de la pista. El FC Barcelona impugnó el resultado, pero no hubo marcha atrás pese a que los árbitros del encuentro, Dorizon y Virovnik, reconocieron su decisivo error tras visionar por televisión la jugada. Un mes después del polémico desenlace, la FIBA envió una carta de compensación moral al Barça. Intentaba arreglar el daño causado a la institución, pero la copa de campeón voló a Atenas, dejando tras ella el orgullo mancillado del eterno aspirante que volvía a quedarse sin agua tras vislumbrar el oasis.

Mucho se ha hablado y escrito sobre aquella final de París, casi todo relacionado con el tapón de Vrankovic a Montero. Casi nadie se acuerda de los 23 puntos de Karnisovas, la elección de Wilkins como MVP o el propio resultado (67-66). Eso son simples datos para forofos de la estadística. Es más sencillo recordar las lágrimas de impotencia y desesperación de la expedición azulgrana y sus aficionados, que salieron del Palacio de Bercy abatidos.

La anhelada recompensa llegaría por fin siete años después. El valor simbólico de la conquista se incrementó por el hecho de alcanzarla en Barcelona. La tierra prometida estaba en casa. El Palau Sant Jordi no entendió de embrujos ni maldiciones y se dedicó a empujar a los suyos, un equipazo con Bodiroga, Jasikevicius, Fucka y Navarro entre otros, al ansiado título contra la Benetton. Montero presenció el partido en directo acompañado de sus hijos. Luego llegaría la segunda Euroliga, en 2010 y en el mismo pabellón del célebre tapón. París encumbró al Barça en su duelo con Olympiacos, en un ejercicio de desagravio por lo acontecido en 1996. El círculo de reparaciones se había cerrado.

 

 

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