Tour de Francia 2000: Javier Otxoa, locura y épica en Hautacam

publicado en: Ciclismo | 0

La historia de Javier Otxoa es un relato de superación. Un ejemplo de cómo se puede tocar la cumbre y caer al abismo en unos pocos meses. Los que transcurrieron desde su triunfo épico en Hautacam al accidente que se llevó la vida de su hermano Ricardo y provocó a Javier una parálisis cerebral. La carretera, compañera inseparable y en ocasiones traicionera, estuvo a punto de acabar con él. No lo consiguió por la capacidad de sacrificio y la tozudez del ciclista vizcaíno, siempre dispuesto a dar una pedalada más, en la competición y en la vida. Gracias a una durísima rehabilitación, Javier se recicló como deportista paralímpico y obtuvo medallas en los Juegos de Atenas y Pekín. Un logro más meritorio que aquel por el que todos le recordamos, pero menos reconocido por los medios y la opinión pública. El 15 de febrero de 2001, cuando salió a entrenar con Ricardo, seguía muy vivo el recuerdo de su hazaña en el Tour de Francia anterior.

El 10 de julio de 2000, la ronda gala castigaba a sus participantes con la primera etapa de alta montaña. Más de 200 kilómetros con salida en Dax y final en la cima de Hautacam, legendario puerto pirenaico que iba a dejar al desnudo las fortalezas y debilidades de los favoritos. Otxoa atacó pronto, en el kilómetro 45. Con él marcharon Durand y Mattan, que cedieron antes del tramo decisivo. Javier comenzó la aventura sin saber el desenlace, pero con la idea de dejarse todas sus energías en la bicicleta. No se reservaría nada. Sólo así contaría con opciones de ser protagonista en un día en el que también se subirían otros colosos, como el Aubisque.

El ciclista vasco acumuló hasta 17 minutos de ventaja en su fuga. Ese tiempo valioso sería su oxígeno cuando le faltase el aire. Por detrás, los hombres fuertes de la carrera se marcaban a la espera de acontecimientos. Entre ellos sobresalían los tres últimos ganadores del Tour de Francia: Ullrich (1997), Pantani (1998) y Armstrong (1999). El americano permaneció agazapado hasta los inicios de la ascensión a Hautacam. Entonces arrancó. Puso a funcionar su clásico molinillo y, con una cadencia de pedaleo brutal, se fue a por Otxoa. Pantani y Ullrich no aguantaron la embestida. El frío, la lluvia y el viento compusieron el atrezzo de una representación de extremos. Por delante, Otxoa se tambaleaba sobre la bicicleta con la cara surcada por el sufrimiento. Por detrás, Armstrong progresaba con una entereza increíble. Las facciones del texano no reflejaban malestar, sino hambre. De ganar la etapa y de sentenciar la carrera.

Para felicidad del espectador y cultivo del espectáculo, aquellos años eran prolíficos en escaladores. Roberto Heras, Fernando Escartín o el Chava Jiménez animaron la jornada, pero acabaron inclinados ante Lance, seguidor implacable de la estela de sudor y padecimiento que iba dejando Javier Otxoa. Cada kilómetro era una razón más para dudar de la victoria del ciclista del Kelme. La ventaja disminuía al mismo ritmo que decrecían las fuerzas del escapado. Javier ya no se impulsaba con las piernas. Empujaba la bicicleta con el corazón y el alma. A falta de dos kilómetros, sólo dos minutos y 15 segundos le separaban del estadounidense. El español estaba a punto de resquebrajarse cuando llegó al último kilómetro con un minuto y 26 segundos de renta. Entonces la energía le vino del exterior. De los gritos y el ánimo entusiasta de los espectadores, algunos de ellos conocidos, que llenaban los últimos metros de la ascensión. El jaleo de la muchedumbre entregada le mostraba el camino. Tenía una ventaja de poco más de 40 segundos respecto a Armstrong cuando superó la última curva y afrontó la recta final. Apenas tuvo fuerzas para levantar los brazos y santiguarse. El ritual del guerrero que cruzó la meta derrengado, pero emocionado y feliz. Lance Armstrong ganaría el Tour, pero Javier Otxoa había escrito una de las páginas más bellas del ciclismo reciente.

A mediados de febrero del año siguiente llegó el accidente fatal. El tránsito del cielo al infierno. Un coche se llevó por delante a su hermano y a él le dejó 62 días en coma. Javier no recuerda el suceso. Tampoco la gloria amasada en Hautacam. Allí, el 10 de julio de 2000, ganó una batalla épica, pero el triunfo en la guerra llegaría años después. Cuando volvió a sonreír tras el mazazo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.