Supercopa de 1996: el primer aviso de Ronaldo

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La Supercopa de España, título oficial con sabor a pretemporada, enfrenta desde hace tres décadas al campeón de Liga con el vencedor de la Copa del Rey. No es el trofeo más importante, pero la entidad de los contendientes presupone refriegas atractivas como aperitivo de las batallas decisivas del curso. Además, en muchos casos, ejerce de escaparate de los fichajes realizados en el mercado veraniego. Una puesta de largo en ocasiones impactante, acorde con las cualidades de la adquisición.

Ronaldo sólo pasó un año en el F.C. Barcelona, pero tuvo tiempo de hacer varias cosas. Entre ellas, marcar 34 goles en Liga. Una brutalidad. La Supercopa previa a la campaña 1996/97 fue el primer torneo que disputó el brasileño con su nuevo club. El conjunto catalán acudía a ella como subcampeón de la Copa del Rey. Enfrente, el victorioso Atlético de Madrid, que el curso pasado había consumado un histórico doblete. Los rojiblancos partían confiados hacia su tercer trofeo consecutivo. No podían calcular la magnitud del fenómeno que amenazaba sus intenciones.

El partido de ida, celebrado en el frío Montjuïc el 25 de agosto de 1996, supuso la presentación al público español de uno de los mejores delanteros de la historia. Ronaldo Luiz Nazario de Lima había sido fichado ese verano del PSV Eindhoven por 2.500 millones de las antiguas pesetas. La cifra, récord en aquellos tiempos, incitó las sospechas. ¿Realmente valía tanto ese atacante de 19 años? Una pregunta capciosa que el joven crack empezó a resolver pronto. Con un golazo a los cinco minutos de encuentro. Ronaldo arrancó cerca del área, dejó clavados a tres adversarios y batió a Molina con un disparo raso, ajustado al poste derecho. La secuencia fue vertiginosa, eléctrica. Mourinho, ayudante de Robson, se levantó de su asiento con el puño al aire. Los aficionados culés intuían que iban a disfrutar a partir de entonces de un jugador diferente. No sabían cuánta razón tenían en su suposición.

Giovanni, otro fichaje reputado, consiguió el 2-0 con un cabezazo a centro de Figo, pero el temperamental Atlético de Madrid rechazó la rendición. Esnáider y Pantic, este último de penalti, igualaron el partido. El resultado se mantuvo hasta un tramo final de locura. En el minuto 73, Giovanni, espléndido toda la noche, asistió con maestría al eficaz Pizzi. El delantero hispano-argentino no falló ante Molina y se convirtió en telonero de la acción más brillante del choque. Ronaldo se acomodó el balón con el pecho en el flanco izquierdo del ataque azulgrana. A continuación, encaró a Geli. El lateral quiso aguantar, pero su cintura crujió cuando el brasileño amagó el regate por fuera y recortó hacia dentro apoyado en un toque magistral. Ronnie alcanzó la línea de fondo, levantó la cabeza y observó la llegada de Iván de la Peña. El imaginativo medio cántabro culminó la genialidad en el 4-2, que se ampliaría cerca del minuto 90. En este caso, fue Giovanni el que volvió a exhibir su clase mediante una jugada en la que atravesó la zaga colchonera en un slalom lleno de potencia. Solo ante Molina, prefirió ceder el protagonismo a Ronaldo, que empujó la pelota con la portería vacía. El quinto gol del Barcelona, segundo de su flamante fichaje, dejó casi amarrada la Supercopa y levantó la moral y la ilusión de un club bipolar que pasaba por momentos difíciles tras el fin del cruyffismo.

Avalado por el 5-2, el equipo catalán no esperaba demasiados agobios en Madrid. Sin embargo, ese Atlético rehuía arrojar la toalla ante los contratiempos. El campeón vigente de Liga y Copa empujó desde el principio y rozó la clasificación con la diana del recordado Pantic (3-1, minuto 75). El susto le duró al bloque culé hasta el pitido final. La Supercopa marchó a Barcelona gracias a la actuación en la ida de Ronaldo y Giovanni (ausentes en el césped de La Peineta por una convocatoria inoportuna de la selección brasileña). Dos futbolistas distintos, cada uno a su manera, que conectaron pronto con el Camp Nou.

La puesta en escena de Ronaldo en España fue espléndida, a la altura de su colosal talento. Un amplio muestrario que no se quedó anclado en los dos goles, el regate a Geli y la asistencia a De la Peña. También se encargó de sellar a Bejbl con un caño precioso o de corretear por la banda como un gamo. Ronnie se iría un año después al Inter de Milán. La Liga se quedaba sin su magia, traspasada al pujante Calcio. Pese a la fugacidad del astro, Barcelona le disfrutó el tiempo suficiente para memorizar su prosa letal, en varias ocasiones disfrazada de poesía. Un genio regular al que los rivales temían y aplaudían, pero casi nunca frenaban. Malditas lesiones.

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