Red Auerbach, el puro de la victoria

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Los genios no solo se distinguen por alcanzar la perfección en sus actos. También consiguen, gracias a su talento, cambiar la historia, el curso de los acontecimientos. La NBA era una cosa antes de la llegada de Red Auerbach y otra muy diferente cuando el de Brooklyn se retiró de la escena. La mejor liga del mundo mutó con su presencia al compás del aumento de la gloria personal de Red. Compitió hasta su muerte, hace algo más de cinco años, y dejó un legado de 16 anillos, nueve como entrenador y siete en funciones de manager general y presidente de los Celtics, su club, su religión. Una franquicia a la que convirtió en el equipo más laureado de Estados Unidos y en un modelo de éxito para varias generaciones.

Auerbach tenía carácter, mucho carácter. Lo sufrieron sus propios pupilos, pero también árbitros y rivales. Su temperamento exigente y ganador transformó a Boston desde el banquillo y los despachos. No creía demasiado en el valor de la pizarra. Solo quería que sus hombres hicieran lo que mejor sabían hacer, sin rigorismos tácticos. Defensa, contraataque y canasta. Fue el precursor de las transiciones rápidas. Le obsesionaba anotar antes de que el rival pudiera organizarse. Cuando pasó a labores ejecutivas exhibió un privilegiado olfato en el draft, gracias al cual adquirió a algunos de los mejores jugadores de la historia.

Si algo caracterizaba al personaje era su inseparable puro, “el puro de la victoria”. Auerbach siempre se fumaba uno en el banquillo cuando su equipo lo estaba pasando mal. Lo encendía en actitud relajada dando a entender que sus chicos se llevarían el partido, lo que motivaba a éstos y enfurecía a sus rivales, que perdían la concentración con frecuencia y facilitaban el cumplimiento de tan peculiar predicción. La manera que tenía de esparcir el humo por el área técnica configuraba una pose de prepotencia que generaba la animadversión del adversario. Un odio deportivo que mitigaba por momentos la admiración que todos sentían por él.

Situación familiar complicada

Arnold “Red” Auerbach vino al mundo el 20 de septiembre de 1917, en el barrio neoyorquino de Brooklyn. Su padre, Hymann Auerbach, llegó a Estados Unidos desde Bielorrusia (entonces parte de la Unión Soviética) con 13 años. Se marchó de Minsk, su ciudad natal, debido a los orígenes judíos de la familia. Europa comenzaba a empaparse de antisemitismo y había dejado de ser un lugar seguro. Hymann montó una lavandería para ganarse la vida y, de paso, ofrecer una lección clave para el triunfal futuro de su hijo. Sin trabajo duro no se consigue nada. Esta máxima quedaría impresa para siempre en la mentalidad ganadora de Red.

Con sus condiciones, Auerbach podría haber destacado en muchos ámbitos profesionales, pero el premio extraordinario de la lotería recayó en el baloncesto. Su idilio con la canasta fue circunstancial. En su colegio de Seith Low no había instalaciones para practicar béisbol o fútbol americano, así que tenía que jugar al basket. No tardó en enamorarse del deporte, pero pronto comprendió que sus habilidades técnicas y potencial físico no bastarían contra los mejores.

En los años 30 el baloncesto no era profesional, así que el joven Auerbach desvió su vocación incipiente de gestor de grupos humanos hacia la carrera de Magisterio, de la que se graduó en 1941. Mientras, entrenaba a equipos modestos por afición. El banquillo le apasionaba, pero el carácter amateur de su actividad favorita imposibilitaba una dedicación plena.

El giro determinante en la historia de Red, y por extensión de todo el baloncesto americano, llegó en 1946 con la creación de la Liga Profesional. Ante la posibilidad de progresar como técnico, el maestro no dudó en abandonar las aulas, aún a riesgo de caer al vacío. Nadie le garantizaba, cuando se introdujo en la nueva competición dirigiendo a los Washington Caps, que había tomado la decisión correcta. Confió en su instinto, ese don innato que tanto le ayudaría años más tarde, para emprender una nueva y decisiva etapa.

Su estancia en la capital fue breve. En 1950, Walter Brown, fundador de los Celtics y uno de los responsables del nacimiento de la NBA, se fijó en él para que entrenase a Boston. La respuesta de Auerbach fue afirmativa, pero se encontró con unos jugadores carentes de fe, de gen competitivo. Lo que faltaba a sus hombres le sobraba a él, así que empezó desde cero la construcción de una institución de leyenda.

Coleccionista de títulos

Auerbach permaneció 16 años dando instrucciones a pie de pista. En este tiempo consiguió nueve títulos de campeón. Un porcentaje impresionante cimentado en una dirección muy inteligente de sus recursos y en la presencia en la cancha de Bill Russell, para muchos el mejor pívot de la historia.

La llegada de Russell (mediante un intercambio con los Hawks en el draft) transformó a los Celtics, que se convirtieron en un bloque imbatible, como atestiguan los ocho anillos consecutivos conseguidos de 1959 a 1966. La incorporación del dominante center supuso la explosión definitiva del ideal baloncestístico de Auerbach (mamado de Bill Reinhart años atrás durante su paso por la Universidad George Washington). Russell reboteaba, taponaba y provocaba fallos constantes en el lanzamiento, lo que otorgaba a Boston la opción de lanzar el contraataque en cuanto el gigante de Luisiana recuperaba el balón en defensa.

En 1957, primera temporada del pívot en Massachusetts, los Celtics conquistaron su primer anillo. El curso siguiente, su inoportuna lesión en la final de 1958 contra St. Louis Hawks fue determinante. Los verdes cayeron en seis partidos, pero Russell y sus compañeros (mitos como Bob Cousy, Bill Sharman o Tom Heinsohn) se conjuraron para la venganza. Auerbach supo rentabilizar la dolorosa derrota para extramotivar a sus muchachos, que se dedicaron en los siguientes ocho años a adornar los dedos de sus manos. Una legendaria dictadura deportiva que encumbró a la franquicia a los altares de la NBA con otros dos campeonatos (ya sin su técnico fetiche en el banco) en 1968 y 1969.

En aquel tiempo eran muchas las voces, entre crítica especializada y aficionados, que dudaban si el principal responsable de la dinastía instaurada era Auerbach o Russell. Red ascendió a los despachos en 1966 y desde ahí solo tuvo un objetivo: cerrar bocas y volver a ganar títulos. Consiguió cuatro (los mencionados del 68 y el 69, 1974 y 1976), pero aún reservaba una sorpresa mayor a sus detractores. En 1978 eligió en el draft a Larry Bird, un espigado rubio sin grandes capacidades atléticas, pero con un conocimiento del juego y sus fundamentos técnicos a la altura del hombre que le seleccionó para la causa. Bird (en palabras de Auerbach, el único capaz de impresionarle en una cancha de basket) lideró un impresionante plantel en el que también destacaban nombres como los de Robert Parish (que llegó a Boston en otra maniobra maestra del de Brooklyn), Kevin McHale o Dennis Johnson. Juntos lograron tres nuevos anillos (81,84 y 86, ya con Red como presidente y en medio de una épica rivalidad con los Lakers de Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar). Ya nadie se atrevería a discutir su importancia capital en los éxitos de los Celtics. Los jugadores pasaban, los títulos fluían y él permanecía, puro en mano, al timón de la nave. Igual que en los 50 y 60.

La alianza de Auerbach con el triunfo le otorgó una existencia llena de alegrías, pero no pudo evitar los momentos trágicos que obstaculizan el sendero vital de todo hombre. En su trayectoria profesional hubo dos: la muerte de Len Bias, estrella universitaria, por una sobredosis de cocaína dos días después de ser elegido con el número 2 en el draft de 1986, y el fallecimiento del alero Reggie Lewis mientras entrenaba en 1993.

Auerbach dejó su cargo de presidente en 1997, pero volvió al puesto en 2001 tras un paréntesis en el que ejerció como vicepresidente. Permaneció como alto directivo hasta el año de su muerte. No podía fallecer en la reserva. El final de su vida tenía que llegarle cerca de una cancha de baloncesto. Vivió por y para este deporte y también debía morir a su lado. El 28 de octubre de 2006 falleció en Washington de un ataque al corazón, dejando un vacío imposible de llenar, en palabras del comisionado Stern.

Más allá de la pista

La trayectoria de Red Auerbach impresiona, pero su figura trasciende los logros deportivos. Ser el primer entrenador en llegar a las 1.000 victorias en la NBA o ganar 16 anillos son registros increíbles, pero su carisma personal y talante competitivo dejan otro tipo de herencia, incluso más atemporal, en forma de frases y anécdotas que gozan de un lugar privilegiado en la conciencia colectiva de todos los seguidores del baloncesto estadounidense.

Red era un filósofo, pero de pensamiento pragmático. “Este es un deporte que se limita a meter la pelota en el aro contrario y evitar que el contrario haga lo mismo en el nuestro. No sé por qué algunos tienen la manía de complicarlo”. Esta frase era la avanzadilla de su opinión sobre los preparadores obsesionados con la estrategia. “Nunca he leído un libro de basket. Odio a los entrenadores que van con la carpetilla y no paran de dibujar tácticas a los jugadores. Parece que quieren impresionar al público o que les enfoquen las cámaras de televisión”. Frases escandalosas para la mayoría de los técnicos de la actualidad.

Siempre quiso ser el mejor, ambición que trasladó a su equipo, pero subordinando los intereses individuales al bien del conjunto. “Nuestro orgullo nunca se ha reflejado en las estadísticas, sino en nuestra identidad como los Boston Celtics”, afirmaba. En este sentido, la temporada 1960-61 es especialmente descriptiva. Seis jugadores promediaron entre 15 y 21 puntos, pero ninguno de ellos asomó la cabeza en las diez primeras posiciones de la lista de anotadores.

Pese a la aparente simpleza de sus reflexiones, Auerbach fue el creador y principal impulsor de variantes tácticas como el sexto hombre (que representó mejor que nadie John Havlicek) o las rotaciones con 10-12 jugadores que perseguían dejar al rival sin aliento. Su contribución a la igualdad racial también es notable. En 1950 seleccionó en el draft a Chuck Cooper, primer universitario de raza negra escogido en este famoso evento anual. En 1964 llegaría mucho más lejos, cuando compuso un quinteto formado exclusivamente por afroamericanos (Bill Russell, Willie Naulls, Tom Sanders, K.C. Jones y Sam Jones). Asimismo, convirtió a Russell en el primer entrenador de color de la historia de la NBA cuando delegó en él sus funciones como técnico antes del curso 1966-67.

La motivación y la fidelidad eran las dos cualidades que más apreciaba. Motivación para no conformarse con lo conseguido, para querer siempre más (aún a costa de no centrarse en la familia todo lo necesario) y fidelidad para permanecer en un club, para entregar a una institución la carrera deportiva. Su gran preocupación fue conseguir que los jugadores que dirigía asumiesen como propios estos dos valores. Este objetivo también lo consiguió si atendemos a la trayectoria de las grandes figuras históricas de los Celtics.

Su entrada en el Salón de la Fama (1969) y su elección como mejor entrenador de la historia en dos ocasiones (1970 y 1980) aderezan un palmarés y una personalidad grandiosa, que también se revela en el epitafio que siempre quiso que se leyese en su memoria: “Aquí yace un hombre que fue leal y orgulloso de su trabajo y de las personas que le rodearon. ¡Ah!, y también ganó 16 campeonatos de la NBA”. Genial hasta el final, como su propia vida.

Texto publicado originalmente en Vavel.com

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