Mundial de Nigeria’99: la cuna de los héroes

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La inercia fatalista que apresaba a la selección española hasta 2008 está superada, pero no por ello debe quedar olvidada. Los éxitos se saborean mejor mientras se recuerdan las penalidades del pasado, el camino de altibajos que conduce a la cima aunque a veces parezca que te aleja de ella. Hubo un tiempo en el que ir convocado con España era un engorro más que un privilegio. A nadie le agradaba caer eliminado antes de las rondas decisivas. No era plato de buen gusto ocupar portadas de periódicos y espacio en los telediarios entre críticas por no haber dado la talla a la hora de la verdad. La desafección y el pesimismo popular eran palpables. La afición, apesadumbrada, ya no sabía sobre quién descargar la culpa de los reiterados fracasos.

Uno de los batacazos más sonados fue la eliminación española en el Mundial de Francia’98. El equipo de Clemente no llegó ni a octavos. El caso es que, menos de un año después, un grupo de chavales dirigidos por Iñaki Sáez conquistaban el Mundial Sub-20 de Nigeria. Derribaron obstáculos en el campo y fuera de él (calor sofocante, mosquitos, falta de luz en las habitaciones del hotel e incluso la presencia de algún cocodrilo en la piscina del alojamiento). Era un triunfo muy relevante, pero minusvalorado por muchos bajo el pensamiento de que semejante éxito sería irrepetible en categoría absoluta. Pues bien, trece años más tarde, algunos de esos jóvenes imberbes tienen en su palmarés dos Eurocopas y un Mundial. Logros históricos e inapelables cuya gestación tuvo que ver con aquel torneo. Sólo por eso merece la pena recordar el evento. Para que nadie perdido entre Viena, Johannesburgo y Kiev olvide de dónde venimos.

En la primavera de 1999, España marchó a Nigeria como una de las selecciones de referencia en la categoría. No era la máxima favorita, circunstancia que rebajaba la expectación a su alrededor, pero confiaba en unas posibilidades que descansaban en la seguridad de Aranzubia en la portería, la solvencia defensiva y el criterio de Xavi en el mediocampo. En el puesto de 9, el gallego Pablo Couñago contaba con la confianza de Sáez. Una elección que el desarrollo del evento justificaría con creces.

España estaba encuadrada en el grupo F, junto a Brasil, Zambia y Honduras. El debut en la competición se produjo ante la Verdeamarela de Ronaldinho. Además de la futura estrella del Barcelona, el combinado sudamericano salió de inicio con algunos jugadores que han hecho una carrera notable en el fútbol mundial, como Juan, Mancini o Matuzalem. El partido suponía una prueba exigente para medir el nivel de los pupilos de Sáez, y éstos aprobaron la reválida con nota. Dos goles de Gabri, que en categorías inferiores se movía en posiciones ofensivas, sentenciaron a los brasileños dentro de una actuación grupal sobresaliente y enseñaron el camino hacia el primer puesto del grupo. Un empate insulso (0-0) frente a Zambia frenó el optimismo, recuperado para los octavos con un triunfo cómodo (3-1) contra Honduras.

La selección estaba entre las dieciséis mejores, rodeada de equipos americanos (siete) y africanos (cuatro). El primer cruce deparó un choque con Estados Unidos. Pablo, que se había estrenado el día de Honduras, afinó la puntería y certificó el pase a cuartos con dos tantos. Xavi también superó a Tim Howard en un duelo que apuntaba a goleada y finalizó con un marcador ajustado (3-2). En la siguiente ronda esperaba Ghana, un conjunto siempre peligroso en los torneos de formación. Era nuestro rival en los cuartos de final, obstáculo insalvable para los mayores  y punto de inflexión en el ascenso de España hacia el Olimpo del fútbol juvenil.

Iker Casillas, salvador a oscuras

Ghana había eliminado a la selección en semifinales del Mundial Sub-17 de Egipto, en 1997. En aquel equipo también figuraban Xavi y Casillas. Los dos fueron titulares en cuartos contra los africanos. Iñaki Sáez sentó a Aranzubia y depositó su confianza en un chaval de 17 años (el más joven del plantel nacional). De Iker se sabía que era una de las promesas emergentes de la cantera del Real Madrid. Algunos recordaban que una parada suya en una tanda de penaltis había decidido la final del Europeo Sub-16 de 1997. No había muchas más referencias, pero aquel día quiso enseñar al mundo parte del enorme potencial que llevaba dentro.

Las Estrellas Negras plantearon un encuentro muy duro, en el que España, con problemas de resistencia física bajo el calor nigeriano, nunca acabó de encontrarse a gusto, ni siquiera después del gol de penalti de Barkero (minuto 54). Ghana empujó hasta el final y consiguió el empate con una diana de Ofori Quaye, de rebote, en el último minuto. La prórroga no resolvió nada. En los penaltis, tras el fallo de Gabri, Hamza Mohamed dispuso en sus botas del lanzamiento de la victoria, pero mandó el balón al travesaño. Así se llegó a la muerte súbita, donde se produjo el enésimo corte en la retransmisión de TVE. La voz de Paco Grande fue el único elemento de apoyo para la tensión de los espectadores, que vibraron cuando el comentarista anunció la parada de Casillas al disparo manso de Blay. España se metió en semifinales saltando la barrera de cuartos que tanto atormentaba al equipo absoluto, y en la lotería de los penaltis, tantas veces esquiva a los intereses patrios.

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Superada la prueba más complicada, el camino se allanó mientras caían favoritos como Argentina y Brasil, los últimos vencedores de la competición. Las semifinales y la final no trajeron tantos agobios como el duelo ante Ghana. La sorprendente Mali de Seydou Keita (nombrado mejor jugador del Mundial), que había eliminado al país anfitrión en cuartos, fue el adversario en la penúltima ronda. Dos goles del bético Varela (el primero en el minuto dos) acercaron un triunfo amarrado por un disparo duro de Xavi cuando el choque agonizaba y Mali buscaba la igualada. El 3-1 selló el pase a la final, donde esperaba otro rival inesperado: Japón. El combinado asiático, verdugo de Uruguay en semifinales, se plantó en el último día avalado por un grupo de jugadores sin complejos, entre los que destacaban Koji Nakata, Masashi Motoyama y el capitán, Shinji Ono (que se perdió la final por sanción).

En el encuentro decisivo, celebrado en Lagos, Iñaki Sáez alineó a Aranzubia, Coira, Bermudo, Marchena, Jusué, Orbaiz, Xavi, Varela, Barkero, Gabri y Pablo. Enfrente, Japón se vino abajo presa del cansancio y de dos madrugadores goles. Barkero y Pablo abrieron el festival antes del primer cuarto de hora. Los nipones, tocados, acabaron hundidos con dos nuevas dianas, de Pablo (la quinta en el torneo, que le proporcionó la Bota de Oro) y Gabri. La segunda parte fue un paseo triunfal ante un rival derrotado. El 4-0 que reflejó el marcador al término del duelo coronó con grandeza a la mejor selección juvenil del mundo. Uno de los asistentes arbitrales ese día, el ugandés Ali Tomusange, repetiría presencia en otro encuentro internacional célebre, esta vez de mucho peor recuerdo: los cuartos de final del Mundial 2002 contra Corea del Sur.

España, campeona del mundo. Esa frase, que cobró su sentido más pleno el 11 de julio de 2010 en Johannesburgo, empezó a escribirse, también en el continente africano, el 24 de abril de 1999. En esa fecha, Pablo Orbaiz alzó al cielo nigeriano la copa de vencedor. Iñaki Sáez (que cumplió años un día antes) le pudo dedicar a su madre, fallecida durante la primera fase, un gran título. Iker Casillas, Xavi Hernández y Carlos Marchena celebraron un triunfo que reeditarían, once años después, al más alto nivel. Ellos colaboraron en desbrozar un jardín que ahora es una extensa planicie al servicio de La Roja y sus conquistas. Un mundo sometido por la batuta de Xavi y los reflejos felinos del capitán Casillas. Dos amigos cuyos sueños de grandeza comenzaron a perfilarse en Nigeria. La cuna de los héroes, la fábrica de los mitos.

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