Mundial de Túnez 2005: la gloria de la madurez

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España no siempre había sido una potencia en balonmano. Hasta la segunda mitad de los años 90, en su historial destacaba algún quinto puesto, como el obtenido en los recordados Juegos de Barcelona, y poco más. El podio quedaba lejos. Este desalentador pasado fue parcialmente enterrado con la meritoria plata conseguida al calor del público sevillano en el Europeo de 1996. A partir de entonces, gracias a una extraordinaria generación de jugadores (Dujshebaev, Masip, Urdangarin, Garralda, Guijosa, Barrufet…), los éxitos fueron cayendo: bronce en los Juegos de Atlanta’96, plata europea en 1998, un nuevo bronce olímpico en Sydney 2000… La cosecha aumentaba, pero el primer cajón del podio seguía siendo un territorio virgen. Rusia y Suecia, las grandes dominadoras del balonmano en aquellos años, alejaban la gloria una y otra vez.

El Mundial de Túnez, en 2005, no parecía la ocasión más propicia para coronarse. Después de Sydney, España no había regresado al podio en un gran torneo. Había cerrado la última cita, los Juegos Olímpicos de Atenas, decepcionada tras caer en cuartos frente a Alemania. En territorio heleno, la lucha por las medallas se escapó en los lanzamientos de siete metros (después de dos prórrogas), que decidieron el vencedor de un duelo brutal. Antes de viajar a Túnez, el nivel de la Selección estaba de nuevo, al menos en apariencia, un poco por debajo del de los favoritos. De conjuntos como Croacia y Francia.

La lista de convocados ofrecía razones para la esperanza en forma de nombres tan reputados como Mateo Garralda (el capitán), Alberto Entrerríos, Juanín García, Iker Romero, Rolando Uríos, Albert Rocas o los eternos porteros José Javier Hombrados y David Barrufet. Sin embargo, existían motivos institucionales que no invitaban a tanto optimismo. El seleccionador, Juan Carlos Pastor, había sido nombrado -tras la marcha de César Argilés– por el presidente saliente de la Federación Española, Jesús López Ricondo, en medio del proceso electoral para el gobierno del organismo. La decisión suscitó las críticas del otro candidato, Chechu Fernández, que apostaba por el laureado Valero Rivera. Pastor fue elegido a finales de noviembre de 2004 gracias a un acuerdo entre la Federación y el Valladolid que expiraba el 7 de febrero de 2005, un día después de la final mundialista. Respondía al perfil de entrenador de emergencia, con una fecha de caducidad en teoría marcada. No era la mejor manera de infundir confianza a los jugadores. Como receta ante el escepticismo, Juan Carlos Pastor se propuso crear un bloque ganador y sin fisuras. Un equipo granítico que mostrase durante la competición la fortaleza mental de la que habían carecido muchos de sus predecesores.

españacampeona

Encuadrada en el Grupo C, España se estrenó con dos paseos ante Japón y Australia, oponentes débiles que sirvieron para que el nuevo técnico hiciese pruebas y repartiese minutos e, incluso, para batir algún récord (nunca antes la Selección había llegado en un Mundial a los 51 goles que sumó frente al inocente combinado oceánico).  En el tercer partido comenzaron los problemas, solucionados, tras un montón de rotaciones, con una brillante remontada contra Suecia. La Selección no ganaba a los nórdicos en Europeo, Juegos Olímpicos o Mundial desde 1996. El resultado del choque (26-33) empujó la moral de España, frenada en el siguiente encuentro por Croacia, vigente campeona mundial y olímpica. En un duelo por la primera posición del grupo, los poderosos balcánicos vencieron 31-33.

Sin nada en juego, una perezosa España despachó a Argentina en el último enfrentamiento de la primera fase (35-28). Ahí se acabaron las bromas. En la segunda ronda, el margen de error era mínimo si se quería optar a las semifinales. La primera en pasar por delante fue Alemania, el cruel verdugo de Atenas. Los teutones cayeron (32-28) víctimas del acierto de Barrufet entre los palos y de la inspiración ofensiva del veterano Mateo Garralda (12 goles). El equipo nacional alternaba momentos de gran juego con instantes en los que se le nublaban las ideas. Ejemplo de esta ciclotimia fue el choque ante Serbia y Montenegro. Un destacado primer tiempo abrió paso a una segunda parte de nulidad goleadora que pudo costar muy cara. Sólo un tanto en los últimos instantes de Garralda evitó la eliminación. El 28-28 final fue el mal menor, pero dejó a la Selección en una situación delicada. En la jornada definitiva de la fase, bastaría un empate entre Serbia y Croacia para dinamitar el  objetivo de las semifinales.

España, a un gol del abismo

España ya no dependía de sí misma. Permanecía suspendida de un inestable alambre que estuvo a punto de romperse. Sola, el portero croata, evitó el desastre deteniendo el último lanzamiento serbio. Croacia ganó por la mínima (24-23) y devolvió a los pupilos de Pastor el control de su destino. La Selección, agradecida, superó a Noruega (31-24) en una actuación colosal de Hombrados, complementada por los goles de Alberto Entrerríos, Uríos o Romero. El pase a semifinales del Mundial (logro con dos únicos precedentes, en 1999 y 2003) era un hecho. En este caso, además del qué, importaba mucho el cómo. España se había salvado de la eliminación con el gol de Garralda y la parada de Sola. Fueron dos momentos muy sufridos, que acabaron de diseñar la coraza competitiva del grupo. Estaban preparados para pelear por las medallas con cualquiera.

El preciado pasaporte hacia el último y definitivo asalto pasaba por derrotar a la correosa Túnez. Los anfitriones eran la revelación del torneo. Nunca habían pasado del décimo puesto en un Mundial, pero ahora, con 12.000 aficionados prestando sus gargantas a la causa, se creían capaces de todo. De hecho, al duelo contra España acudían como la única selección invicta del campeonato. El ambicioso equipo de Pastor, en una nueva demostración de carácter, no se descompuso en las situaciones de mayor agobio tunecino, personificado en el tremendo Hmam (máximo goleador del Mundial). España aguardó su hora y no falló a la cita con la gloria. Las paradas de Barrufet, el trabajo descomunal de Uríos o el acierto de Garralda y Romero fueron los avales para el 30-33 final. La Selección estaba donde siempre había soñado y nunca había llegado.

Croacia, triunfante en su semifinal frente a Francia, volvía a cruzarse en el camino. La ruta al ansiado oro se convirtió en un sendero angosto para los campeones olímpicos y en una autopista recién construida para España. La Selección salió sin complejos. Seria en defensa (con un 6-0 muy efectivo, apoyado por un estelar Hombrados) y mortal en ataque, su ventaja se disparó hasta los 13 goles en el segundo tiempo. Una renta escandalosa que succionó el célebre gen competitivo de los croatas, impotentes ante la avalancha de juego que les cayó encima. Balic y Dzomba se quedaron solos ante el peligro. Habían superado a España en la primera fase, pero esa era otra España. Un equipo todavía con dudas sobre sus posibilidades de éxito. Cuando la desconfianza se disipó, al compás del sufrimiento en la segunda fase, la Selección creció hasta convertirse en un gigante. Fue ese coloso el que aplastó a los croatas, liderado por un excelso Juanín García (once goles). El extremo leonés se transformó en la principal pesadilla de Vlado Sola, héroe español en la segunda fase.  Los últimos minutos apenas tuvieron tensión. Sólo escenificaron la alegría inmensa que emanaba de las lágrimas del banquillo nacional. El espectacular resultado (40-34) evidenció la superioridad hispana y significó la estación definitiva de un  recorrido emprendido varios años atrás. Una ascensión llena de dificultades que no encontró la cima hasta aquel 6 de febrero de 2005, en el que la historia del balonmano patrio cambió ante los ojos emocionados del ahora polémico Iñaki Urdangarin, testigo de la proeza junto a su mujer, la infanta Cristina.

Se suele decir que el éxito tiene muchos padres. En el caso del memorable triunfo en Túnez, dos hombres centraron los elogios. Juan Carlos Pastor, técnico provisional a sus 36 años (después del campeonato continuaría en el cargo), artífice del carácter y la cohesión que mostró el grupo durante la competición, y Mateo Garralda, el capitán, elegido mejor lateral derecho del torneo. El corajudo jugador navarro ejerció de líder en las encrucijadas más adversas, bien secundado por unos grandes compañeros cuyo convencimiento y ambición aumentó con el paso de los partidos.

El 6 de febrero de 2005 permanece grabado a fuego en la historia de nuestro deporte. A partir de entonces, como un bendito contagio, llegaron varios éxitos inolvidables en distintas disciplinas. Ese mismo año,  Fernando Alonso ganó su primer Mundial de Fórmula 1 y Rafael Nadal estrenó su tiranía en Roland Garros. Las selecciones de baloncesto y fútbol no tardarían mucho en sumarse a la fiesta. A una traca interminable de títulos cuyos primeros cohetes atravesaron la noche tunecina. Con un Mundial de balonmano a cuestas.

 

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