Mundial de Japón 2006: el último regalo de Estados Unidos

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El Mundial de Indianápolis (sexta posición tras perder con España) y los Juegos Olímpicos de Atenas (medalla de bronce) habían supuesto dos desastres considerables, así que USA Basketball estaba para pocas bromas en el verano de 2006. Jerry Colangelo había entrado en el organismo un año antes, y reclutó como entrenador al exitoso técnico universitario Mike Krzyzewski. El Mundial de Japón era el próximo desafío. El momento de recuperar el trono perdido. De dar un puñetazo encima de la mesa en la que se sentaban Argentina, España o Grecia.

Paul, Wade, LeBron, Carmelo, Howard o Bosh fueron algunos de los ilustres miembros de la convocatoria de Krzyzewski para competir en tierras niponas. En apariencia, con semejante lista de figuras, el margen de error era mínimo. Comenzó el Mundial y Estados Unidos, sin grandes alardes, ganaba partido tras partido. Varios de ellos con marcadores abultados, aunque Puerto Rico y la Italia de Belinelli, Basile o Mancinelli plantearon duelos más igualados de lo esperado. La victoria contra el gigante de las barras y estrellas se planteaba como un reto muy difícil, pero no imposible.

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A esas opciones escasas se agarraron sin éxito Australia en octavos y Alemania en cuartos. Estados Unidos superó ambos choques sin despeinarse demasiado. En semifinales les esperaba un panorama muy diferente. Grecia, campeona de Europa meses antes, aguardaba al favorito preparada para la batalla. Panayiotis Yannakis, viejo zorro del baloncesto FIBA, instruyó a sus jugadores para ralentizar el ritmo del enfrentamiento. Creía que en un partido a muchos puntos no tendría opciones ante la poderosa maquinaria ofensiva de los norteamericanos. No tardó en cambiar el planteamiento inicial. Lo que tardó en salir a la pista el cerebral Papaloukas y desnudar las miserias de USA. La conjunción del base del CSKA con el inmenso Schortsanitis desgarró una y otra vez una defensa de mantequilla. El 45-41 del descanso animó al bloque heleno a seguir por el mismo camino. Nada de tanteadores bajos. El camino a la canasta de las estrellas NBA estaba más despejado que nunca. Grecia consiguió 32 puntos en el tercer cuarto y encarriló una merecida victoria con un brillante Spanoulis. Los arrebatos individuales de James, Wade y Anthony en el último parcial fueron insuficientes para evitar el desastre. La derrota por 101-95 les llevó a pelear el bronce contra Argentina.

El tercer puesto se consiguió, pero poco importaba. Por tercera ocasión consecutiva, la mayor potencia del planeta dejaba una competición por la puerta de atrás. Colangelo y Krzyzewski pedían tiempo. “Todavía tenemos muchas cosas que aprender en el baloncesto internacional. Sabíamos cuando empezamos nuestro programa que iba a ser un largo viaje, no un paseo corto”, declaraba el preparador de Duke. Sonaba a excusa de mal pagador, pero el tiempo que pedía entonces le acabaría dando la razón. La seriedad y el compromiso, impulsados desde el banquillo, con los que Estados Unidos empezó a tomarse cada campeonato hicieron el resto. Oro en Pekín, oro en Estambul, oro en Londres y oro en Madrid. Desde aquel 1 de septiembre de 2006, Estados Unidos no ha vuelto a perder en un gran torneo. En los últimos años, sólo la mejor España de la historia ha cuestionado tamaña hegemonía. Una España que se apagó en su Mundial mientras los americanos, imparables, apresaban con una tremenda autoridad un nuevo metal dorado. Todo indica que en Río 2016 llegará el siguiente.

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