Milan-Juventus, 6 de abril de 1997: el día más triste de San Siro

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A mediados de los 90, Milan y Juventus protagonizaban un relevo de poder en el fútbol italiano y continental. Al exitoso conjunto rossonero, ganador de una Champions y finalista de dos en el trienio 93-95, le había destronado el puño de hierro de la Vecchia Signora. En la primavera de 1997, los bianconeri, dirigidos por Marcello Lippi, figuraban como los vigentes reyes de Europa. Un año antes, el fascinante Ajax de Van Gaal había hincado la rodilla frente al bloque turinés en la final de la Champions League. El juego de aquella Juventus no era una oda a la belleza, pero, a la hora de la verdad, solía ser sólido y efectivo. Como tantos equipos italianos.

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La Juve afrontaba el curso 96-97 en la cima, pese a que el bastón de mando de la durísima Serie A ya no le pertenecía. El Milan de Fabio Capello y Roberto Baggio se había llevado el Scudetto unos meses antes. Era el momento de recuperar la posición de predominio en el mapa futbolístico transalpino. De acabar con las dudas sobre quién debía ser considerado el mejor equipo en Italia y Europa.

El brusco hundimiento del Milan facilitó la tarea. La formación lombarda, con un vacío de poder en el banquillo tras la marcha de Capello al Madrid, comenzó la temporada 96-97 de una forma calamitosa. Eliminado de la Champions en primera ronda (con una derrota sonrojante en San Siro contra el Rosenborg en la última jornada de la liguilla), el Milan viajaba por la Serie A lejos de las posiciones de cabeza. Unas circunstancias muy adversas que habían precipitado el relevo en la dirección de la escuadra. En diciembre de 1996, el uruguayo Tábarez dejó su puesto a Arrigo Sacchi, el arquitecto del célebre Milan de los holandeses. El cambio no arregló las cosas. Los rojinegros siguieron sin despegar en la liga mientras la Juve, siempre fiable, avanzaba por el campeonato como el principal candidato al título.

El 6 de abril de 1997, Milan y Juventus cruzaron sus caminos en el marco de un San Siro ambientado como en las grandes ocasiones. El cartel del duelo perdía brillo por las bajas que asolaban a ambos planteles, especialmente a los turineses. Del Piero, Deschamps, Conte o Montero no estaban a disposición de Lippi. El Milan, por su parte, echaba en falta a Weah y Albertini. En la primera vuelta, Delle Alpi había contemplado un 0-0.

Antes del pitido inicial, la noticia estaba en el banquillo local, con la enésima suplencia de Roberto Baggio. Il Codino, cuya relación con Sacchi estaba rota, acaparaba flashes y tomas televisivas. Las cámaras no dejaron de estar pendientes de su mirada seria ni siquiera cuando el colegiado, Stefano Braschi, decretó el comienzo del duelo.

El Milan, exigido por los malos resultados y la responsabilidad de jugar ante su público, arrancó con brío, dispuesto a dominar el partido. Los rossoneri, a falta de buen fútbol, pusieron corazón en acciones directas. La banda derecha del ataque lombardo, ocupada por las subidas de Reiziger y la clase de Savicevic, centró los primeros esfuerzos del Milan por erosionar el sistema defensivo de la Juve. Estas intenciones no se tradujeron en peligro real para la meta de Angelo Peruzzi. Mientras, la Vecchia Signora ajustó sus piezas y empezó a moverse en torno a Zinedine Zidane, un mago con botas traído desde Burdeos. El francés comandó el juego de los visitantes desde el mediocentro, bien apoyado por el prometedor Alessio Tacchinardi.

Un zurdazo de Christian Vieri desde fuera del área que se marchó fuera supuso el primer sobresalto para el portero milanista, Sebastiano Rossi.  El corpulento delantero estuvo más incisivo poco después. Tras varios toques precisos de sus compañeros, encaró al veteranísimo Baresi dentro del área, recortó hacia fuera y soltó un potente chut que Rossi desvió como pudo. Jugovic cazó el rechace y lo convirtió en el 0-1. El mazazo, en contra de lo previsible, espoleó al Milan. Los de Sacchi atravesaron sus mejores momentos a partir del tanto del yugoslavo. Entre el humo rojo de algunas bengalas, Dugarry probó a Peruzzi con un testarazo envenenado.  Simone y Boban también avisaron, este último con un preciso libre directo. El meta italiano, cuya apariencia pesada escondía unas condiciones tremendas para el oficio, se mostró infranqueable en las tres ocasiones.

En medio de la orgullosa reacción local, recién cumplida la media hora de partido, la Juventus salió del escondite para golpear de nuevo. Boksic se encontró con el balón dentro del área después de un rebote. Estaba solo frente a Rossi. Cuando el atacante croata iba a  chutar, Maldini, último defensor, le derribó en una falta merecedora de tarjeta roja. Braschi no expulsó al histórico lateral izquierdo, pero poco importó. Zidane transformó el penalti pese a la estirada de Rossi. El 0-2 mandó a la lona a los jugadores de Sacchi. De hecho, Vieri perdonó el 0-3 tras un sensacional pase de Tacchinardi.

La Juventus era un equipo que se sabía la lección de memoria. Podía tener la pelota menos que su adversario. O jugar peor. O Disponer de menos ocasiones. Sin embargo, daba la sensación de tener los partidos bajo control. La solvencia de Peruzzi, el buen hacer defensivo, el talento de Zidane y Del Piero y los goles de Vieri o Boksic suponían demasiados obstáculos para la mayoría de rivales. El celo por presionar y cerrar espacios era notable. Un ejercicio de solidaridad y sacrificio en el que desempeñaban un papel esencial los centrocampistas. Desde el incansable Di Livio al ilusionista Zidane.

El internacional galo llevaba el ritmo del choque en San Siro. Desailly era incapaz de anular su influencia en el juego de ataque de la Vecchia Signora. Los turineses llegaron al descanso entre olés de sus aficionados, cánticos a favor de Lippi y un par de sustos: la retirada de Boksic por sus recurrentes problemas físicos (fue sustituido por Amoruso) y una ocasión de Savicevic desbaratada por un inspirado Peruzzi.

A la vuelta del intermedio, la realización televisiva volvía a centrarse en Roberto Baggio. Arrigo Sacchi no empezó a pensar en él hasta el minuto 50, momento en el que Jugovic batió a Rossi con un disparo raso al palo corto. Era el segundo gol del balcánico y el tercero de la Juve. Camino de encajar un tanteador humillante, Sacchi miró al banquillo y llamó a Roberto. El genio de Caldogno, jaleado por el público, entró en lugar de Blomqvist y se ubicó en la mediapunta. Su incidencia, con el marcador tan decantado, resultó mínima. Tuvo tiempo, eso sí, de inquietar a Peruzzi con un cabezazo ajustado al palo. Angelo, para variar, evitó el gol con una intervención felina. Poco antes, Boban había marrado otra oportunidad de reducir distancias tras una cesión del activo Simone. El talentoso centrocampista croata fue incapaz de golpear el balón.

Ambas ocasiones precedieron a los últimos mordiscos de la bestia bianconera. En tres minutos, del 71 al 74, la Juventus metió el dedo en la llaga rossonera dos veces más. Vieri, tras una bonita asistencia de Tacchinardi, y Amoruso, beneficiado por un mal despeje de Rossi a disparo del omnipresente Jugovic, colocaron el 0-5. San Siro asistía impotente a la agonía de un equipo desangrado.

El histórico resultado bajó algo las pulsaciones de la escuadra magistralmente dirigida por Marcello Lippi. Peruzzi minó aún más la moral milanista con una nueva acción de mérito, otra vez a testarazo de Dugarry. En el saque de esquina posterior, un colocado derechazo de Simone batió por fin a Angelo. El gol del honor local volvió a enchufar a la máquina.  En el 80, Christian Vieri dejó clavado de nuevo a Baresi con una rápida diagonal y superó por última vez a un desacertado Rossi. Era el sexto de la Juventus. Para entonces, Zidane ya había terminado la lección. La entrada de Lombardo permitió descansar al referente del bloque piamontés.

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Los diez minutos restantes sólo sirvieron para prolongar el sufrimiento de un Milan descompuesto en mil pedazos. El último coletazo corrió a cargo de Simone, cuya internada en el área fue frenada por el inconmensurable Peruzzi. El 1-6 resultó inamovible. Quizás la derrota más humillante de la historia milanista en la Serie A. Esa temporada fue una pesadilla hasta el final. Los rossoneri acabaron la liga undécimos, a 22 puntos de la Juventus, que se proclamó campeona en dura pugna con el Parma. Las retiradas del mítico Baresi y de Tassotti a la conclusión del curso simbolizaron un traumático fin de ciclo en el equipo propiedad de Silvio Berlusconi. Roberto Baggio emigró a Bolonia para demostrar que todavía tenía fútbol en sus botas. El entrenador que le había desposeído de la titularidad, Sacchi, tampoco empezaría la temporada 97-98. Arrigo no volvería a entrenar en Milanello.

Muy distinta fue la tabla de resultados de la temible Juventus. Escribió su nombre por vigesimocuarta vez en el palmarés de la Serie A. Además, pocos días después de arrasar San Siro, barrió al Ajax por un global de 6-2 en las semifinales de la Champions. Acudió a la final de Múnich como favorito indiscutible, una etiqueta con frecuencia problemática. En la capital bávara, el Borussia Dortmund de Ottmar Hitzfeld volteó los pronósticos con un sorprendente 3-1. De paso, demostró que aquella Juventus no era invencible en los grandes partidos. Aunque a veces lo pareciese.

Texto publicado originalmente en Perarnau Magazine

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