Milan 5-0 Real Madrid: el equipo revolucionario que trituró a la «Quinta del Buitre»

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SacchiMilan

En la temporada 1988-89, el imponente Real Madrid caminaba hacia su cuarta Liga consecutiva en medio de un clima de bonanza propiciado por la célebre Quinta del Buitre. Eran tiempos felices para el club blanco, liderado por una deslumbrante camada que, tras dominar sin titubeos en España, amenazaba con conquistar el continente. Bajo sus botas habían caído dos Copas de la UEFA (1985 y 1986), pero el verdadero reto residía en la Copa de Europa. El año anterior, el Madrid había sido eliminado en semifinales por un conjunto en teoría inferior, futuro campeón ese curso (el pragmático PSV de Ronald Koeman). La opinión mayoritaria era que el equipo tenía potencial más que suficiente para alzar un trofeo esquivo al palmarés merengue desde 1966. Con esa percepción afrontaron una edición que les concedió la anhelada revancha frente al PSV en el camino a semifinales. Eliminaron a los holandeses y se situaron otra vez a las puertas de la final, que se disputaría, además, en el Camp Nou.

El último obstáculo antes de viajar a Barcelona era el pujante Milan de Silvio Berlusconi y Arrigo Sacchi, un técnico revolucionario al que su peculiar presidente proporcionó las piezas necesarias para llevar a cabo la obra maestra. Los jugadores tardaron en asimilar su metodología innovadora (estuvo cerca de la destitución en 1987, durante su primera temporada en el club), pero cuando lo hicieron se convirtieron en una máquina eficaz e imparable en la que no estaba permitido el desajuste de ninguna tuerca. En la fase avanzada de ese proceso de construcción se toparon con el Real Madrid de Leo Beenhakker y la Quinta del Buitre. El conjunto italiano no había asombrado en las rondas anteriores, superadas con marcadores ajustados. Supo reservar lo mejor del repertorio táctico, físico y técnico para competir ante su principal adversario en la lucha por la hegemonía europea. Un Real Madrid incapaz de barruntar, ni en sus peores pesadillas, lo que se le venía encima.

El resultado de la ida, disputada en el Santiago Bernabéu, concedía cierto favoritismo al Milan. Los hombres de Sacchi obtuvieron un 1-1 del coliseo blanco gracias a un tremendo cabezazo de Van Basten que contrarrestó la diana en la primera parte de Hugo Sánchez. El partido de vuelta se antojaba durísimo para el Madrid. El 19 de abril de 1989, en un San Siro vestido con el traje de gala, el mejor Milan de la historia presentó, a lo largo de noventa minutos, la impactante tesis doctoral desarrollada bajo las enseñanzas de un entrenador visionario. El esperado choque comenzó con el recuerdo de la tragedia de Hillsborough, acontecida solo cuatro días antes, mediante unos instantes de silencio. El sólido conjunto lombardo, fiel a sus costumbres, se esmeró en presionar arriba con las líneas muy juntas. Defensas, centrocampistas y delanteros avanzaban hacia la yugular del contrario como una unidad. Todos atacaban y todos defendían. La retaguardia compensaba el riesgo inherente a su posición adelantada con anticipación, velocidad y una facilidad atípica para dejar a los puntas adversarios en fuera de juego. El centro del campo, por su parte, se convertía en la escena del crimen. Allí, defensas, medios y delanteros asfixiaban con una presión agobiante los intentos del equipo rival de tocar el balón con criterio. Muchas veces, cuando recuperaban la bola, les bastaban un par de pases bien ejecutados para propiciar una posición favorable de remate.

GullitVanBastenRijkaard

La introducción táctica del párrafo anterior se condensa en una serie de nombres que son historia viva del fútbol. Tassotti, Baresi, Costacurta y Maldini eran los guardianes implacables de la meta protegida por Galli. También la primera línea atacante cuando el bloque rossonero tenía la posesión del esférico. La elegancia de Baresi en la subida del balón se complementaba con la visión de juego y el saber estar de Rijkaard, el eje sobre el que giraban los mecanismos ofensivos de la arrolladora máquina. Donadoni, Evani, Colombo o Ancelotti aportaban toque, trabajo y llegada, mientras Ruud Gullit era el enganche entre los medios y el virtuoso Marco van Basten, la referencia en punta.

Ancelotti abre la veda

Presión incansable y transiciones mortíferas. Ante este panorama, el Real Madrid no se rindió de antemano. Salió a luchar de tú a tú, con la mirada alta, pero pronto comenzaron los problemas. Van Basten, de cabeza, dio el primer aviso. Ya no habría más tiros al aire. En el minuto 19, Carlo Ancelotti recortó a dos jugadores visitantes antes de realizar un disparo seco y centrado que pilló adelantado a Paco Buyo. El 1-0 fue el resultado de la tela de araña tejida con esmero por la lúcida mente de Sacchi. Sanchís y Gallego no podían sacar el balón desde atrás con tranquilidad y el temperamental Schuster empezaba a desesperarse ante la falta de opciones para organizar el ataque. Gullit, un portento físico, era lo más parecido a un jugador ubicuo. Pero no solo Gullit. En conjunto, el Milan sobresalía en el aspecto físico. Su despliegue atlético era un rodillo que acababa por consumir los músculos y las ideas del contrario.

En el caso del Madrid, esta labor continuada de desgaste obtuvo resultado, en forma de goles, con celeridad. Tras un saque de esquina en corto, Frank Rijkaard, de imponente cabezazo a centro de Tassotti, firmó el 2-0 en el minuto 25. Los visitantes estaban aturdidos, aunque conservaban el orgullo intacto. Reclamaron penalti en una acción entre Galli y Butragueño y, acto seguido, Míchel tuvo la ocasión más clara a pase de Gordillo, pero cruzó demasiado el balón. La grada, exaltada, comenzó a corear el hispano olé a cada toque de sus ídolos mientras Gullit se quejaba de otra falta dentro del área. Una protesta que se transformó en júbilo cuando, al filo del descanso, aprovechó una precisa asistencia de Donadoni para superar a Buyo con otro testarazo inapelable. El Madrid, descolocado, ya no sabía qué hacer, así que la llegada del intermedio fue la mejor noticia posible.

El preciado pase a la final estaba decidido, pero la posibilidad de incrementar los destrozos era demasiado jugosa. El Milan, infatigable, no se concedió un respiro hasta sellar la humillación del poderoso Madrid. Para consumar la escandalosa goleada le bastaron quince minutos tras la reanudación. Después de una bonita secuencia que involucró a varios jugadores rossoneri, Rijkaard centró, Gullit domó la pelota con un preciso toque de cabeza y Van Basten, un bailarín con instinto asesino, logró el 4-0 con un duro zurdazo dentro del área. Tras una nueva ráfaga de olés del público ante un Madrid terminal, cansado de perseguir sombras, Gullit se retiró lesionado. La marcha de uno de los principales responsables del resultado no mermó la fiereza competitiva del insaciable Milan, que cerró la manita con diligencia. En el minuto 60, Roberto Donadoni sorprendió a Buyo desde el vértice del área con un tiro raso que entró junto al palo cubierto por el portero gallego. Un tanto producto, una vez más, de un córner sacado en corto. 5-0 y media hora por delante. Treinta minutos de relajación y disfrute italianos y de agonía del campeón vigente de la Liga española.

Schuster y Martín Vázquez no encontraban ningún resquicio para filtrar pases con peligro, Míchel permanecía empequeñecido por Maldini y los desequilibrantes delanteros, Hugo Sánchez y Butragueño, parecían dos náufragos rodeados de tiburones hambrientos. El último tramo del duelo apenas dejó situaciones reseñables: varias incorporaciones al ataque de Baresi, una clara ocasión marrada por Rijkaard y algunas tímidas ofensivas ejecutadas por un Madrid en estado depresivo. Leo Beenhakker consumía un cigarro sentado en el banquillo, en un intento por mantener la compostura ante el ciclón que se había llevado por delante a sus pupilos. El pitido del árbitro, el belga Alexis Ponnet, transportó al majestuoso Milan a la final del Camp Nou, donde barrieron al Steaua de Bucarest sin piedad (4-0), con sendos dobletes de Gullit y Van Basten. Barcelona coronó a un equipo histórico, capaz de repetir trofeo al año siguiente (volvió a apear al Madrid, esta vez en octavos). Ese Milan es la última escuadra que ha conquistado la máxima competición continental dos temporadas consecutivas.

Por encima de los excepcionales resultados, la magnífica obra de Arrigo Sacchi quedará para la posteridad como la versión moderna del fútbol total holandés en perfecta convivencia con la seguridad y el orden táctico italianos. Dicho de otra manera: la defensa del trabajo infatigable y la ocupación incansable de espacios como la manera más eficaz de aprovechar el desequilibrio de Gullit y Van Basten, dos fenómenos al servicio de un equipo demoledor.

Texto publicado originalmente en Perarnau Magazine

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