Michael Johnson en Sevilla’99: los 400 metros más recordados de la historia

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43,29. Ese era el impresionante registro que figuraba como el récord mundial masculino de los 400 metros. Lo firmó en 1988 Butch Reynolds, un atleta estadounidense que en 1990 protagonizó un polémico positivo en un control antidopaje. El caso acabó en los tribunales. El único hombre que parecía capacitado para superar la espectacular plusmarca era Michael Johnson, un prodigio físico y técnico. En 1999, Johnson, natural de Dallas, dominaba la distancia con una autoridad insultante. Había ganado la medalla de oro en Atlanta’96 y en los Mundiales de Stuttgart, Göteborg y Atenas. No contento con eso, también acaparaba distinciones en los 200 metros, donde poseía el récord del mundo (19,32). Una marca brutal que el insaciable Usain Bolt se encargaría de destrozar en los Juegos de Pekín y en el Mundial de Berlín. Pero esa es otra historia.

Michael Johnson llegaba al Mundial de Sevilla, en el verano de 1999, como el favorito indiscutible para sumar una nueva presea dorada en los 400 metros. El Expreso de Waco corría contra sí mismo. Contra sus propias plusmarcas. Nadie estaba a su nivel, así que el principal interés de la prueba residía en las posibilidades que tenía Johnson de amenazar el récord de Reynolds. Ya se había acercado en Atlanta’96, con 43,49. El gigantesco reto exigía la mejor versión del imbatible texano.

El 26 de agosto de 1999, Johnson se levantó decidido a reescribir la historia en su disciplina predilecta. Disputó la final con la máxima motivación y concentración, sin preocuparse de unos adversarios que competían en otro nivel. Apoyado en su peculiar manera de correr, Michael salió de la última curva muy distanciado del resto de atletas. El oro estaba asegurado, pero el campeón no aflojó en ningún momento. Exprimió hasta el último metro su poderosa musculatura. Cruzó la línea de meta mientras el cronómetro se detenía en 43,18. El Estadio Olímpico de la Cartuja acababa de contemplar una de las mayores gestas de la historia del atletismo. Después de rezar unos segundos, Johnson, extenuado, sacó fuerzas para posar junto al marcador que reflejaba su estratosférico tiempo. Los fotógrafos disparaban sus flashes enloquecidos, obsesionados con captar a la perfección un instante para la eternidad.

El brasileño Sanderlei Claro Parrela y el mexicano Alejandro Cárdenas fueron segundo y tercero respectivamente, a más de un segundo del campeón. Nunca antes había habido tanta diferencia en una final mundial u olímpica de 400. Sin opciones de victoria, al menos contemplaron en primera fila la portentosa exhibición. Después, escoltarían en el podio al legendario atleta de Dallas, inalcanzable para el resto de los mortales.

Un año más tarde, con 33 primaveras, Michael Johnson culminaría una trayectoria estelar con otro oro olímpico, en los Juegos de Sydney. Fue la despedida soñada por un deportista dotado de unas excepcionales condiciones que el trabajo, la experiencia y la ambición permitieron pulir hasta unos extremos desconocidos hasta entonces. En los últimos tiempos, han salido corredores de 400 excelentes, como Jeremy Wariner o LaShawn Merritt, pero el récord del Mundial de Sevilla permanece vigente catorce años después. Con la firma de un atleta irrepetible.

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