Historias de la Eurocopa: Bierhoff y Trezeguet, mensajeros del gol de oro

publicado en: Fútbol | 0


Criticado por muchos y apoyado por una minoría influyente. En este contexto se movió la suerte, o la mala suerte, del gol de oro. Una manera de acabar con las prórrogas de treinta minutos y de paso incrementar su crueldad. El primero que marcaba en el tiempo extra se llevaba el partido. Así de simple. No está claro el propósito que perseguía la medida. En cualquier caso, no había sido pergeñada para favorecer el espectáculo. Los equipos preferían amarrar los penaltis antes que descuidar el orden defensivo durante un instante que podía ser fatal. Si ya era habitual afrontar las prórrogas con cautela, el gol de oro convirtió cada media hora suplementaria en una siesta con balón.

Con todo, es innegable la influencia que tuvo en la resolución de partidos decisivos. Sus apariciones más célebres tuvieron lugar en dos Eurocopas, y nada menos que en la gran final. En Inglaterra ’96, el torneo que sirvió de lanzadera al gol de oro, Alemania fue la principal beneficiada de su vigencia. El camino hacia el último choque estuvo sembrado de prórrogas infumables y tandas de penaltis. De los seis encuentros entre cuartos y semifinales, cuatro se decidieron desde los once metros. En la final se encontraron la revelación del campeonato, la República Checa de Poborsky, Nedved o Berger, y la orgullosa Alemania, dispuesta a reivindicarse tras su mal papel en el Mundial de Estados Unidos.

No fue un duelo brillante. Los checos se adelantaron con un penalti, cuanto menos dudoso, transformado por Patrik Berger y obligaron a los teutones a estirarse. El partido cambió con la entrada de un secundario, Oliver Bierhoff. El entonces delantero del Udinese forzó la prórroga con un cabezazo desde dentro del área pequeña, pero su importancia no se limitó a ese momento. A los cinco minutos del inicio del tiempo suplementario, remató a los hombres de Dusan Uhrin con la colaboración de Petr Kouba. Bierhoff se revolvió en el borde del área y disparó como pudo. El meta checo no vio la pelota hasta que la tuvo encima y la desvió hacia su propia portería. El resultado: gol de oro y tercera Eurocopa a las vitrinas de Alemania. Otro título para la Mannschaft en un torneo con un nivel futbolístico discreto (siendo generosos), pero otro título, al fin y al cabo.

Cuatro años después, poco quedaba de la Alemania vencedora. En su lugar se erigía imponente la Francia de Zidane, Vieira o Henry. El bloque galo era el actual campeón del mundo y el principal favorito para proclamarse rey de Europa en Bélgica y Holanda. Las sucesivas rondas confirmaron los pronósticos, no sin sufrimiento en cuartos y semifinales, donde apearon a España y Portugal en dos choques durísimos. Por el otro lado del cuadro realizó su itinerario Italia. La Azzurra llegó a la Eurocopa sin generar ruido. Su gen competitivo se activa cuando no se la tiene demasiada consideración, así que se puso manos a la obra. Toldo, Cannavaro, Nesta y Maldini echaron el cerrojo en su portería y Totti, Del Piero o Inzagui se dedicaron a incordiar a las defensas rivales. En semifinales, pese a la expulsión de Zambrotta y los dos penaltis que les pitó en contra Markus Merk, supieron aguantar a la anfitriona Holanda durante 120 minutos. Desde los once metros, en una tanda a cara o cruz, la sombra de Toldo fue inmensa. El portero italiano, imperial, amargó a Frank de Boer, Stam y Bosvelt, y los hombres entrenados por el mítico Dino Zoff accedieron a la final.

En la previa, nadie discutía el favoritismo galo. Los únicos que se atrevieron a hacerlo fueron sus oponentes. Sólidos atrás, para no perder la costumbre, demostraron que también sabían atacar en una jugada edulcorada con una genialidad de Totti que Delvecchio transformó en gol. Francia se lanzó a por la igualada, pero Italia no se arrugó, y la campeona del mundo quedó al borde del colapso. Un descenso hacia la fatalidad frenado por los tres cambios que introdujo Lemerre. Wiltord empató en el 93 con un disparo cruzado cuando el cuadro transalpino acariciaba la Copa. En la prórroga, con los italianos bloqueados, Pires y Trezeguet se asociaron para que el segundo fusilase a Toldo. Corría el minuto 103. El gol de oro volvía a decidir una final. Como en Inglaterra ’96. Francia cerró el círculo virtuoso abierto dos años antes en el Mundial y agrandó la leyenda de su generación dorada.

Tras estas apariciones estelares, la polémica norma agonizó (previo paso por el gol de plata) hasta quedar suprimida en 2004. El fútbol internacional recuperaba sus viejas costumbres y se desprendía de un fardo que empezaba a pesar demasiado. Para Bierhoff y Trezeguet, por el contrario, la medida del gol de oro fue una bendición. Una manera de pasar a la historia mientras prestaban un valioso servicio a sus equipos nacionales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.