Hingis en el Open de Australia’97: la coronación más precoz

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Dentro del profesionalismo, son cada vez más numerosos los casos de deportistas que se incrustan en la élite con una precocidad extraordinaria. Pocos ascensos tan fulgurantes, sin embargo, como el que protagonizó Martina Hingis, la suiza nacida en la ciudad eslovaca de Kosice, en la segunda mitad de los 90. Era la época de Arantxa y Conchita, de Mary Pierce y Steffi Graf, de Davenport y Capriati. Las estrellas más rutilantes del universo tenístico se estremecieron ante la llegada de una figura capaz de eclipsar su brillo sin haber cumplido los 18. La minoría de edad no era un obstáculo para semejante talento.

Con 16 años y tres meses, Martina se proclamó campeona del Open de Australia en 1997. El dato impresiona por sí mismo, pero aún adquiere mayor relevancia con un vistazo rápido a su camino hasta levantar la copa. No cedió ningún set en la competición. En concreto, aplastó a Irina Spirlea en cuartos (7-5, 6-2), a Mary-Joe Fernández en semis (6-1, 6-3) y a Mary Pierce en la  final (6-2, 6-2). Todo ello, insisto, antes de alcanzar los 17 años. En el siglo XX, ninguna jugadora había ganado tan joven un torneo individual de Grand Slam. Tampoco nadie había alcanzado el número 1 de la WTA con mayor premura (16 años y seis meses). Aquella adolescente atrevida, con cara de niña buena y un carácter complejo, accedía al trono mundial por la puerta grande.

Su arrollador tenis se basaba en la elegancia y la colocación, poco que ver con el prototipo de jugadora que pondrían de moda las hermanas Williams. En ese irrepetible 1997, además de en Australia, Hingis reinó en Wimbledon y en el Open de Estados Unidos (barrió a Venus Williams 6-0 y 6-4). Sólo la croata Iva Majoli impidió, en la final de Roland Garros, un póquer alucinante. La dictadura en años sucesivos parecía inevitable, pero no se llegó a consumar. En 1998 y 1999 Martina logró dos trofeos más de Grand Slam, ambos en Australia. Eso sí, perdió tres finales y comenzó a dar señales de fragilidad, en especial en el aspecto mental. Su actitud poco deportiva en el encuentro decisivo de Roland Garros’99 contra Steffi Graf fue el prólogo de un declive tan repentino como la subida a la cima.

En medio de los desencuentros con su madre y entrenadora, Melanie Molitor, Hingis se mantuvo en la élite hasta 2002. Sin embargo, no volvió a ganar un Grand Slam y las lesiones en los tobillos minaron su físico y quebraron su moral. En febrero de 2003, Martina declaró que se sentía incapaz de seguir compitiendo. Tenía 22 años. En 2006 retornó a las pistas con ilusiones renovadas. La aventura duró poco. Un año después, un positivo por cocaína en Wimbledon enterró su última esperanza de recuperar la grandeza perdida.

Desde entonces, la suiza ha tenido la ocasión de hacer muchas cosas. Entre ellas, regresar al circuito y entrenar a Sabine Lisicki, con la que compitió en el pasado Masters de Madrid. Con 34 años, Hingis sigue en buena forma física, gracias también a su conocida afición por la hípica. Adorna los muebles de casa con cinco títulos individuales de Grand Slam y otros nueve de dobles. También con dos trofeos del WTA Championships. Fue número 1 de la WTA durante más de 200 semanas, pero pocos reconocen sus méritos sin pensar en el vaso medio vacío. En lo que pudo ser y no fue.

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