Eurocopa de 1964: el triunfo del cambio

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La década de los 60 amaneció en España con trazos de cambio. El régimen franquista daba coletazos aperturistas en busca de un reconocimiento internacional que había quedado sepultado entre medidas represoras y autarquías. La liberalización económica y el potencial turístico estaban dibujando un país diferente, en el que una de las pocas cosas que no había cambiado era la pasión de sus habitantes por el fútbol.

El deporte rey se convirtió en uno de los principales motivos de orgullo del país, y de la Dictadura, desde que el Real Madrid paseó su poderío ganando las cinco primeras ediciones de la Copa de Europa. El insultante dominio a nivel de clubes no encontraba correspondencia en los torneos de selecciones. El logro más destacado, aparte de la plata en los Juegos Olímpicos de Amberes, era un cuarto puesto en el Mundial de Brasil de 1950. Poca cosa para los anhelos de grandeza del Régimen. En este contexto, el hambre de los gerifaltes franquistas se activó con la concesión de la organización de la fase final de la Copa de Europa de Naciones (luego llamada Eurocopa) de 1964.

Este torneo era de reciente creación. En la primera edición (1960), resuelta en territorio francés, se impuso la URSS. Un triunfo allanado desde España. Franco prohibió el viaje del equipo nacional a tierras soviéticas para disputar el cruce de cuartos de final. La enemistad que regía las relaciones con el gigante comunista ejerció de freno a las aspiraciones de un magnífico grupo de jugadores. La URSS era un enemigo político con el que no convenía cruzarse, ni en los despachos ni sobre el césped. La situación, asumida con resignación en España, irritó a los soviéticos. El enfado quedó mitigado cuando un gol de Ponedelnik les dio el título en la final ante Yugoslavia, pero la herida deportiva supuraba en los dos frentes. Así, la Copa de Europa de Naciones de 1964, en la que participaron 29 selecciones, venía sobrada de alicientes futbolísticos y políticos.

España, como anfitriona, no podía permitirse un nuevo desliz diplomático. Tenía que estar dispuesta a enfrentarse a cualquier rival. Los hombres de José Villalonga superaron a Rumanía en la fase previa. En octavos ganaron a Irlanda del Norte y para los cuartos reservaron una paliza, con la otra Irlanda como víctima. El globo de la confianza hispana estaba hinchado. Esa vez, al contrario de lo que pasaría con frecuencia a partir de entonces, no se pinchó, sino que aumentó de tamaño con la victoria contra Hungría en semifinales y en la prórroga (2-1 con gol decisivo de Amancio). España estaba preparada para ganar la final del Santiago Bernabéu, el 21 de junio de 1964.

La derrota en el choque decisivo no era una opción. El Régimen necesitaba reforzar su imagen en medio de la conmemoración del 25 aniversario del fin de la Guerra Civil. La paradoja fue que la URSS volvió a cruzarse en la trayectoria de La Furia Roja hacia la gloria. Sin plantones de por medio, el balón tenía la palabra. Su veredicto, vinculante, no iba a depender de arbitrios autoritarios. Sería el resultado de los aciertos y errores de 22 jugadores en un choque trufado de connotaciones políticas. Un partido entre representantes de modelos ideológicos, culturales y sociales antagónicos. En consecuencia, los sistemas propagandísticos de ambos países no iban a permitir que el resultado se quedase en el campo.

Había dudas en la previa al respecto, pero el protocolo se respetó. Las banderas ondearon y los himnos retumbaron. Franco, desde el palco, imploraba una victoria que le ahorrase el trance de entregar la copa de campeón al adversario del Este. España, que disputó el encuentro con camiseta azul, contaba con un portero legendario (Iribar), una sólida defensa liderada por Zoco y unas posibilidades ofensivas brutales. Luis Suárez (primer y único Balón de Oro patrio, en 1960) y Amancio componían la sinfonía que Marcelino, Lapetra o Pereda interpretaban en clave de gol.

La URSS tampoco se había plantado en la final por casualidad. Bajo la capitanía del mítico Lev Yashin, futbolistas como Voronin, Ivanov o el peligrosísimo Khusainov aspiraban a lograr el segundo campeonato europeo consecutivo del país. El combinado soviético, sin embargo, no era ajeno al potencial hispano. Su seleccionador, Konstantin Beskov, alineó un once más conservador de la habitual. Sacrificó talento en el centro del campo para resguardar su zaga. El intento no obtuvo los resultados esperados. En el minuto seis, una acción de Luis Suárez por la banda derecha acabó con un centro al área que Chus Pereda, tras una indecisión defensiva, convirtió en el primer tanto con un duro disparo. El Bernabéu, abarrotado, rugió desafiante para celebrar el gol del burgalés. El inicio, inmejorable, planteaba un escenario muy favorable, pero el actual campeón se levantó de la lona con celeridad. Dos minutos después, Iribar no pudo atajar un remate de Khusainov y la URSS restableció el empate.

El encuentro comenzaba de nuevo. En esa tesitura, España demostró hechuras de equipo grande y controló el juego. Rondaba la portería defendida por La araña negra, pero no finalizaba con acierto. En el lado contrario, destacó el duelo mantenido por Khusainov y Feliciano Rivilla. El futbolista del Spartak de Moscú había marcado el gol del empate, pero los 90 minutos no le concedieron más alegrías. El lateral derecho del Atlético de Madrid, muy concentrado, levantó un valladar ante el que Khusainov se estrelló repetidas veces. Su desacierto no encontró soluciones en la zona de creación, lastrada por la ausencia (decisión técnica) de Gusarov.

Los pupilos de Villalonga mandaban, pero no concretaban. Una dinámica peligrosa que halló su término cuando la final se encaminaba a la prórroga. Chus Pereda (aunque las imágenes del NO-DO concedieron la asistencia a Amancio) colgó el cuero y Marcelino cabeceó en posición acrobática. Yashin solo pudo mirar el balón. Era el minuto 84. Aquel gol supuso el salvoconducto para el ansiado título. Un remate histórico firmado por un integrante de Los cinco magníficos, la mítica delantera del Real Zaragoza en los años 60. El pasaporte hacia la eternidad de un grupo de jugadores a los que no encontrábamos sucesores hasta la Eurocopa de 2008.

El triunfo de España en 1964 supuso un espaldarazo para el régimen franquista. Una inyección de orgullo para los que se encogían al escuchar la palabra URSS o dudaban de que el país estuviese capacitado para afrontar retos políticos, económicos o deportivos. La maltrecha economía de la Posguerra empezaba a crecer y el país era campeón de Europa de fútbol. Ya se podía mirar al futuro con cierto optimismo.

Han pasado casi cincuenta años desde aquella final. España vive en democracia, su selección ahora es conocida como La Roja y el Santiago Bernabéu es un estadio moderno que ha reducido su capacidad a cambio de una mayor comodidad para los espectadores. Con todo, el devenir temporal siempre deja intacta la huella de los héroes. La mayoría de los campeones del 64 siguen con nosotros, mientras el seleccionador José Villalonga, Chus Pereda y Carlos Lapetra ya han partido. No obstante, su recuerdo permanece en forma de legado perenne. Protagonizaron un título que levantó la autoestima de un país cuando faltaban motivos para ello.

 

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