Eurocopa 2004: el llanto del joven Cristiano Ronaldo

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Quedaba tiempo para su consagración como una estrella internacional, pero Cristiano Ronaldo ya tenía en 2004 potencia, regate y descaro. Era un proyecto de jugador total al que Alex Ferguson había echado el lazo el verano anterior. La prensa, los aficionados y sus compañeros del Manchester United tardaron en comprender su fútbol y estilo, pero la fuerte personalidad del crack de Madeira no quedó minada por las críticas. Tampoco por las comparaciones con David Beckham, del que tomó su dorsal tras la incorporación de Becks al Real Madrid de los “galácticos”. La primera temporada de Cristiano en Old Trafford no fue demasiado exitosa, ni en el plano individual ni en el colectivo, pero sus virtudes técnicas invitaban a la paciencia. La exigencia externa tenía que amoldarse a su condición: un chaval de 19 años recién llegado a un país de costumbres y características muy diferentes a las de su tierra natal.

Con el final de curso en la Premier, el incipiente carácter ganador de Cristiano se centró en un reto hermoso. Debía contribuir a que Portugal conquistase su primer gran torneo de selecciones a nivel absoluto. 2004 era año de Eurocopa, y en territorio luso. Dicha circunstancia cargaba de presión y motivación a los hombres de Scolari, técnico reclutado para llevar a Portugal la gloria que había dejado en Brasil. El país vecino estaba en la nómina de favoritos no sólo por su condición de anfitrión. Contaba con un conjunto poderoso, mezcla de la generación mágica coronada en el Mundial Juvenil de 1991 (Figo, Rui Costa) y de nuevos valores personificados en la figura del propio Cristiano. Entre medias, futbolistas maduros como Costinha, Maniche, Carvalho o el nacionalizado Deco.

El inicio de Portugal en “su” torneo no fue esperanzador. Perdió con Grecia en el partido inaugural en Do Dragao (1-2). El tanto local, obra de Cristiano, llegó en el descuento. Sin margen de error, los lusos solventaron los duelos contra Rusia (2-0) y España (1-0). En este último encuentro, Ronaldo destrozó a Raúl Bravo, el encargado de cubrir sus incursiones por la banda. Fue su gran presentación ante el tribunal del fútbol europeo.

Los cuartos de final, frente a Inglaterra, contemplaron a un Ronaldo más apocado. Ashley Cole aprendió la lección y apenas le hizo concesiones. El choque, cargado de emoción y alternativas, acabó 2-2 y se resolvió en la tanda de penaltis. En ella fue protagonista el portero Ricardo, que marcó desde los once metros y rechazó el intento de Vassell desprovisto de sus guantes. Un héroe inesperado que valía unas semifinales ante Holanda. En ellas, un cabezazo de Cristiano y un disparo tremendo de Maniche dejaron en anécdota el autogol del deportivista Andrade. Portugal estaba en la final. A un paso del sueño prohibido, pero también a un palmo de revivir pesadillas pretéritas.

Si a los anfitriones les hubieran dicho un mes antes con quién iban a jugarse el título, hubieran sonreído confiados. Sin embargo, la trayectoria de Grecia en la Eurocopa no invitaba a las bromas. Paso a paso, con disciplina y rigor táctico encomiables, habían sorprendido a Portugal y España en la primera fase. Estar en cuartos ya era un éxito, pero el ejército de Rehhagel no se conformó. Se abonó al 1-0 para eliminar a Francia y la República Checa (la sensación del torneo) y, de paso, conmocionar a los puristas. Su propuesta, muy defensiva, se basaba en aprovechar los errores del adversario. El resto era cosa de la pegajosa retaguardia diseñada por Rehhagel. Contemplar el juego de Grecia no era un placer estético. Aburría al aficionado pero conseguía un efecto mucho más importante: desesperaba al equipo rival.

Con estos antecedentes, no era cuestión de cambiar el guion en la final. Charisteas, al poco de comenzar el segundo tiempo, se anticipó a su marcador y a Ricardo para adelantar al combinado heleno tras un saque de esquina de Basinas. 1-0. El resultado fetiche. Quedaba más de media hora, pero las intervenciones del histórico Nikopolidis y la escasa puntería de los atacantes lusos hicieron el resto. Grecia conseguía su primera Eurocopa entre las lágrimas de decepción de un país ilusionado, que había pasado del sueño a la pesadilla en 90 minutos. Un país que desconocía cuándo volvería a encontrarse con una oportunidad semejante.

Luis Figo, el líder futbolístico y espiritual de Portugal, estaba desolado. Había superado la treintena y sabía que el final de su carrera internacional aguardaba a la vuelta de la esquina. A pocos metros, Cristiano Ronaldo, el jugador al que muchos señalaban como el sucesor de Luis, lloraba sin disimulo. Era su primer torneo absoluto de selecciones. Sabía que el destino le procuraría nuevas oportunidades de tocar la gloria, pero ese pensamiento no suponía ningún consuelo. Se había quedado a las puertas del título más especial. Se sentía responsable por haber fallado a millones de compatriotas. Sólo tenía 19 años, pero ya afloraban en él la ambición y la responsabilidad que le convertirían con el tiempo en una estrella mundial y un goleador insaciable. El Manchester United sería el primer beneficiado de ello.

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