Eurobasket de 1997: Croacia-Yugoslavia o la repetición del mágico triple de Estambul

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El Europeo de 1997, cuya sede principal fue el Palau Sant Jordi de Barcelona, no ha quedado en la historia como uno de los más espectaculares, ni muchísimo menos. Con alguna que otra excepción, los tanteadores bajos fueron una constante en los partidos decisivos. Una tendencia ejemplificada en una final para olvidar (Yugoslavia 61-49 Italia). El poderoso combinado balcánico revalidó título con una imagen muy diferente a la ofrecida dos años antes, cuando batieron a Lituania en un choque grandioso. Las concesiones al espectáculo habían pasado a mejor vida.

A falta de dosis razonables de buen baloncesto, el torneo de 1997 arrojó un tenso enfrentamiento cargado de connotaciones deportivas y extradeportivas. El 30 de junio, Croacia y Yugoslavia midieron sus fuerzas en el Olímpico de Badalona. Era el primer encuentro oficial entre ambos países tras el final de la guerra. Correspondía a la segunda fase del campeonato. El conjunto serbio buscaba una posición favorable para el cruce de cuartos y los croatas aspiraban a enmendar una primera ronda discreta.

El favoritismo recaía en Yugoslavia. No había dudas al respecto. Las bajas de Kukoc, Radja, Vrankovic, Perasovic o Tabak diezmaban las filas de la joven nación dálmata. Croacia venía de perder con la modesta Polonia por un punto. La escuadra de Zeljko Obradovic, por su parte, también tenía ausencias muy relevantes en el torneo, como las de Divac y Paspalj, pero seguía contando con una amplia nómina de figuras (Danilovic, Bodiroga, Djordjevic, Savic, Rebraca…). El escenario más probable era una victoria cómoda de los actuales campeones.

Al margen de cuestiones competitivas, se trataba de un duelo muy especial. La renovada Croacia lo entendió mejor. Yugoslavia tardó nueve minutos en encestar. Al descanso, 31-22 para la formación entrenada por Peter Skansi. Un nuevo machetazo al baloncesto alegre y ofensivo. Ante el apagón de Bodiroga o Rebraca y la baja de Danilovic (con un esguince de tobillo), Djordjevic mantenía a flote a un equipo perdido. Sólo los tiros libres oxigenaban al plano y errático ataque yugoslavo. En las filas croatas, Rimac llevaba la batuta.

Después de la mediocridad del primer tiempo, la segunda parte contempló la paulatina remontada de los ilustres pupilos de Obradovic. Paso paso, canasta a canasta, los serbios limaron la diferencia gracias a una productividad anotadora que palió el desastre inicial. A falta de menos de dos minutos, parecían tener el triunfo encarrilado (50-55). Sin embargo, el resultado se apretó tras una sucesión interminable de tiros libres de la que los yugoslavos salieron peor parados. Con 59-61, Rimac forzó tres tiros, los convirtió y adelantó a los hombres de Skansi con apenas cuatro segundos para el final.

Los croatas se relamían con la posibilidad de un triunfo histórico. Tenían a la temible Yugoslavia contra las cuerdas, pero quedaba tiempo suficiente para una proeza. Topic sacó de fondo y encontró a Djordjevic, que cruzó el campo en un suspiro y se detuvo en seco en la línea de tres. Sasha, frío como un bloque de hielo, se levantó con Rimac encima y una mecánica perfecta. Clavó un triple descomunal sobre la bocina. 62-64 con el reloj a cero. El vehemente base celebró la genial acción a la carrera, perseguido por unos compañeros exaltados. En el bando rival, las caras alternaban incredulidad y desolación. Seguían sin creerse lo que habían visto.

En esos instantes de sentimientos encontrados resultaba imposible no acordarse de lo sucedido en la Final Four de 1992. Allí, en Estambul, Djordjevic ajustició al Joventut con un triple muy semejante. Desde una zona similar y también con un defensor pegado. En aquella ocasión, Tomás Jofresa. Cinco años después, Slaven Rimac.

El agónico desenlace hundió a Croacia, incapaz de clasificarse para cuartos (circunstancia que evitó su presencia en el Mundial ’98), y relanzó las aspiraciones de una irregular Yugoslavia. El bloque serbio ganó consistencia en las rondas a cara o cruz hasta superar a la Italia de Myers y Fucka en la final mencionada con anterioridad. Djordjevic fue nombrado MVP del torneo pocos meses después de su fichaje por el F.C. Barcelona. Un galardón en el que tuvieron un peso especial los 19 puntos endosados a los croatas. Con aquel impresionante triple en el reencuentro de dos países separados por las causas y las consecuencias de una guerra atroz.

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