«Dream Team» de Barcelona’92: la magia que hechizó a los sueños

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Han pasado 20 años, pero los Juegos Olímpicos de Barcelona permanecen anclados en la memoria colectiva por varias cosas: una ceremonia de inauguración brillante, una organización primorosa, la ausencia de boicots, el dominio del Equipo Unificado (formado por antiguas repúblicas soviéticas) o la generosa cosecha de medallas que obtuvo la delegación española (22 metales, 13 de oro). No obstante, nadie representó mejor el sueño de los Juegos que el Dream Team, la selección estadounidense de baloncesto. Un equipo que ha agotado los calificativos con el paso de los años. La adjetivación, en este caso, resulta inútil. La grandeza de ese colectivo de ensueño trasciende las caracterizaciones tópicas. Simplemente fue el mejor plantel reunido sobre una cancha, incluido en el Hall of Fame en 2010. A partir de la asunción de esta realidad, no está de más ofrecer detalles de su majestuoso despliegue en los Juegos.

El baloncesto norteamericano había sido el dominador tradicional en la competición olímpica. No necesitaba llevar a jugadores profesionales para conquistar el oro, casi siempre con suficiencia. Tan solo la URSS, con la polémica canasta de Belov en los Juegos de Múnich, perturbó su hegemonía hasta la cita de Seúl. En 1980 no participaron por el boicot impuesto a Moscú y en la siguiente edición un grupo de universitarios comandado por un prometedor Michael Jordan machacó a la España de Díaz Miguel en la final. En este contexto, llegar a la capital de Corea del Sur en 1988 y conseguir como botín una medalla de bronce sonó a premio ridículo. La URSS de Sabonis, Volkov, Kurtinaitis o Marciulionis les apeó del torneo en la penúltima estación antes de vencer a Yugoslavia en el choque decisivo. Fue una estocada al orgullo del país que se gloriaba de tener (y con diferencia) el mejor baloncesto del mundo. USA Basketball, obsesionada con la revancha, empezó a mover ficha para Barcelona‘92.

El plan destinado a recuperar el trono fue impulsado por una decisión tomada por la FIBA el 7 de abril de 1989. Ese día, la Federación Internacional acabó con la norma que prohibía a Estados Unidos participar en sus competiciones con jugadores profesionales. Era el resquicio necesario para consumar la venganza. De lo demás se ocuparían USA Basketball y el comisionado Stern, con la colaboración de las estrellas de la NBA. Michael Jordan se mostró reticente al principio, pero acabó comprometido con la misión de reconquista. Magic Johnson aceptó en unas circunstancias personales muy complejas (unos meses antes había recibido la noticia de que era portador del VIH) y fue clave para convencer a Larry Bird. Poco a poco fueron encajando las piezas del majestuoso puzzle: Barkley, Ewing, Malone… La convocatoria quedó completada con Christian Laettner, campeón de la NCAA con la Universidad de Duke, y cerró la puerta a Isiah Thomas, vetado por los miembros más ilustres de la selección, con Magic y Jordan a la cabeza. Ante un elenco semejante de estrellas, podía parecer innecesaria la figura del entrenador, pero la USA Basketball también se preocupó de la pizarra. Y no eligió mal. Su apuesta fue Chuck Daly, conocido por dirigir a los Detroit Pistons más aguerridos y exitosos de la historia.

La fiesta comenzó en el Torneo de las Américas, un pre-olímpico celebrado en Portland. Unas semanas antes de los Juegos, el Dream Team se dio el gusto de exhibir su inmenso potencial ante sus vecinos continentales. Cuba, Canadá, Panamá, Argentina, Puerto Rico y Venezuela probaron una medicina letal y dulce al mismo tiempo. Estados Unidos apalizó a todos sus adversarios, pero éstos encajaban la derrota con perspectiva. Al fin y al cabo, podrían contar a sus hijos y nietos que un día jugaron contra los mejores de la historia.

Sin embargo, la preparación para la competición no fue impoluta. Un equipo de universitarios formado, entre otros, por Grant Hill, Allan Houston, Chris Webber o Penny Hardaway derrotó a los maestros en un amistoso disputado en California. El resultado (62-54) alertó al bloque de Daly. “Nos patearon el culo”, reconoció Scottie Pippen. Era un conjunto impresionante, pero debía demostrarlo en la cancha.

Lección aprendida. Estados Unidos se tomó en serio el torneo olímpico (alguno, como Charles Barkley, quizá demasiado) y machacó a sus rivales sin compasión. Angola (116-48), Croacia (103-70), Alemania (111-68), Brasil (127-83) y España (122-81) sufrieron en la primera fase la calidad avasalladora y el afán competitivo de unas estrellas unidas por el sueño de los Juegos.

Más de lo mismo hasta el final

En las rondas definitivas, el Dream Team tampoco hizo prisioneros. Ganó 115-77 a Puerto Rico en cuartos, 127-76 a Lituania en semifinales (resultado que zanjó cuentas pendientes de Seúl con Sabonis, Kurtinaitis, Marciulionis y Homicius) y 117-85 en la final a Croacia. Los balcánicos, dirigidos desde la banda por Petar Skansi, contaban en sus filas con algunos de los mejores jugadores europeos de la historia. Petrovic, Kukoc y Radja eran la avanzadilla de un grupo rebosante de talento e imaginación, superior a sus adversarios hasta que les tocó enfrentarse en el Olímpico de Badalona a un conjunto sideral, encabezado ese día por Jordan, con 22 puntos, y Barkley, con 17.

La imagen de la estelar plantilla en el podio, con el oro al cuello, marcó a los Juegos de Barcelona. La historia indica que finiquitaron sus partidos con una ventaja media de 43,5 puntos, que Charles Barkley fue su hombre más productivo en ataque (18 puntos por choque) y que ofrecían un espectáculo colosal también en los entrenamientos (con piques frecuentes entre Jordan y Magic). Más allá de sus exhibiciones en serie ante un público entregado y unos rivales que encontraban consuelo con una foto o autógrafo de sus ídolos, no está de más recordar de nuevo la figura de Chuck Daly. El técnico, ya fallecido, no necesitó alardes tácticos para llevar a sus pupilos al oro, pero su labor psicológica fue clave. Se encargó, junto a sus ayudantes Mike Krzyzewski, P.J. Carlesimo y Lenny Wilkens, de subordinar los egos al colectivo y formar un equipo. Parece simple, pero con semejantes astros a sus órdenes (algunos de los cuales no se llevaban bien entre ellos) era la tarea más complicada. Porque jugar, lo que se dice jugar, lo hacían sin necesidad de ayudas externas.

A muchos no les sentó bien que los estadounidenses se hospedasen en un hotel de Barcelona, fuera de la Villa Olímpica, pero su despliegue en la cancha borró cualquier mueca de disgusto para transformarla en una sonrisa de felicidad incrédula. En un sueño perpetuo ante una conjunción de talento única (en 1996, diez de sus integrantes fueron incluidos en la lista de los 50 mejores jugadores de la historia de la NBA). “Lo que hicimos perdurará como una de las cosas más grandes que han ocurrido», declara orgulloso Jordan. Recientemente, NBA TV ha estrenado un documental sobre el Dream Team. Sus imágenes ayudan a rememorar un momento imborrable, cuya grandeza se sostuvo en doce razones: Christian Laettner, David Robinson, Patrick Ewing, Larry Bird, Scottie Pippen, Michael Jordan, Clyde Drexler, Karl Malone, John Stockton, Chris Mullin, Charles Barkley y Earvin Magic Johnson.

 

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