Dejan Bodiroga: amo y señor del baloncesto europeo (y II)

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Quizás podían haber asumido la responsabilidad Stojakovic, o Jaric, o Gurovic, o Divac, o cualquiera de sus ilustres compañeros. Ante una Argentina desatada en busca de un histórico oro en la final del Mundial de Indianápolis, Yugoslavia buscaba soluciones urgentes. A grandes males, grandes remedios. Dejan Bodiroga se adueñó del balón y le echó un pulso a la presión. Como tantas veces en su carrera. Como casi siempre, salió victorioso. Él solo (con la ayuda de un par de decisiones arbitrales difíciles de justificar) llevó un partido perdido a la prórroga. En el inesperado tiempo extra, las estrellas balcánicas aprovecharon la ofuscación albiceleste. Dejan, unos meses después de conducir al Panathinaikos a la gloria europea en Bolonia (MVP incluido), se proclamaba campeón del mundo con su país. Aquella medalla de oro agónica no sólo sería el último gran logro de Bodiroga con la Selección. Yugoslavia (ahora Serbia) no ha vuelto a lo más alto de un podio desde entonces. Cuesta creerlo si miramos atrás. Hasta las primeras presencias internacionales de Dejan Bodiroga, el precoz prodigio de Zrenjanin.

La Selección, punto de apoyo en los comienzos

Como explica la parte inicial de este monográfico, el comienzo de Bodiroga en el baloncesto no resultó sencillo. Pasó en blanco su primera temporada en Zadar y el curso posterior al fichaje por el Stefanel de Tanjevic. Entrenó una barbaridad sin poder disputar partidos oficiales. En aquella época inestable, Dejan encontró en la Selección una salida para calmar su hambre de competición y evidenciar que el vivero balcánico había producido otra perla rebosante de talento. El verano de 1990 supuso la estación inicial en el recorrido del joven Dejan con las temibles selecciones yugoslavas. Participó en el Europeo Júnior de Groningen (ganado por Italia) con 17 años. Sus compañeros tenían 19. Unos meses después, tras competir con el Zadar (una vez expirada la sanción de la Federación), sobresalió en el Mundial Júnior de Edmonton, de nuevo como uno de los jugadores más jóvenes del campeonato.

Cuando Bodiroga salió de Croacia por el comienzo del conflicto civil y fichó por el Stefanel, la selección volvió a aparecer en su camino. En la temporada 91-92, Dejan todavía no había cumplido los 20, por lo que volvió al combinado júnior para disputar la fase clasificatoria para el Europeo de Hungría. Logró 27 puntos de media. Era obvio que estaba muy por encima de sus coetáneos. Tan obvio que Dusan Ivkovic, entrenador de la Absoluta, le incluyó en una preselección de 16 jugadores con vistas a los recordados Juegos Olímpicos de Barcelona. Compartía convocatoria con Djordjevic, Danilovic, Prelevic, Savic o Divac. Casi nada. Pese a la ausencia de las figuras croatas, pertenecientes ya a un nuevo estado, Yugoslavia podía y debía aspirar a medalla. Una ambición frenada en seco por el Consejo de Seguridad de la ONU, que impuso fuertes sanciones a Yugoslavia en mayo del 92 por su responsabilidad en la guerra. La participación en los Juegos resultó imposible.

Dejan Bodiroga rondaba los 20 puntos por partido en la prestigiosa Lega, circunstancia que atraía cada vez más miradas en torno a su imparable evolución. Por desgracia, la guerra seguía y las sanciones de la ONU continuaban vigentes, así que tampoco pudo competir en el Europeo de Alemania de 1993 ni en el Mundial de Toronto de 1994 (torneo cuya organización, en un principio, había sido encomendada a Yugoslavia). Por fin, en 1995, Bodiroga y el resto de sus afamados compañeros retornaron a un gran torneo. Todos sabían que el Eurobasket de Atenas suponía una oportunidad inmejorable para levantar el ánimo de una región herida y observada con rechazo por la comunidad internacional. La sensación de que todo el mundo les miraba con recelo a causa de los desmanes políticos y militares creó un sentimiento de unidad en la consecución del objetivo que ayudó a que Yugoslavia se convirtiese en el tirano del baloncesto FIBA en la segunda mitad de los 90. Grecia sólo fue el primer paso en la reconquista del tiempo perdido.

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El conjunto serbio, dirigido por Ivkovic (con Zeljko Obradovic de asistente), acudió a tierras helenas con un plantel estelar. La conjunción de los viejos conocidos (Djordjevic, Danilovic, Paspalj, Divac o Savic), con las nuevas figuras (Bodiroga y Rebraca), produjo un cóctel imparable para sus rivales. El emergente Bodiroga, con 22 años, estaba lejos de la madurez deportiva, pero nadie discutía su importancia en el acorazado balcánico. De hecho, fue el segundo jugador que más minutos estuvo en cancha (28.6 de media, igualado con Danilovic y sólo por detrás de Djordjevic) y el tercer máximo anotador (12 puntos por partido). Unos datos que describen la llamativa irrupción de Dejan en la élite continental.

Bodiroga asombró en el debut ante la anfitriona con 22 puntos y seis rebotes. No volvió a cuajar una actuación tan sobresaliente en el resto del Europeo, pero realizó una destacada labor como escudero de unos geniales Danilovic (17,4 puntos de media) y Djordjevic (endosó 41 a Lituania en la final). Yugoslavia logró el anhelado oro en un memorable choque (96-90) que acabó con los bálticos desquiciados por la labor arbitral (pitaron Toliver y Pitsilkas) y los nueve triples de Djordjevic. Aquel equipo dominó los nueve partidos del torneo. Carecía del brillo hipnotizador de antaño, pero poseía un carácter ganador y una fiereza competitiva únicas. Todo aliñado con un barniz irreverente hacia rivales y colegiados.

En Atlanta’96, Yugoslavia regresó a unos Juegos Olímpicos. Con Zeljko Obradovic de primer entrenador, se plantó en la final con pleno de victorias y sólo cedió, tras batallar durante 30 minutos, ante el intratable Dream Team (95-69). Bodiroga consiguió 13 puntos ante Hardaway, O’Neal, Robinson, Olajuwon, Barkley o Pippen. Fue su despedida de un evento en el que promedió 10 puntos y volvió a ejercer de complemento de lujo para los líderes del grupo. Todavía no había llegado el momento de ser actor principal.

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