Carlos Moyá en el Open de Australia’97: de la presentación con Becker a la despedida con Lucas

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Rafa Nadal, con sus 13 trofeos de Grand Slam a cuestas, ha convertido los triunfos épicos en una bendita costumbre. Esta extraordinaria circunstancia induce a calificar las victorias en las grandes citas como algo normal o rutinario. Una consideración que cae por su propio peso con un simple vistazo al irregular pasado del tenis español.

Hasta los años 90, el palmarés de nuestro país al más alto nivel se nutría de los éxitos de Manolo Santana, Manuel Orantes o Andrés Gimeno. Campeones históricos cuyas gestas quedaban muy lejos en el tiempo. La plata de Jordi Arrese en Barcelona ’92 y el magnífico doblete de Sergi Bruguera en Roland Garros (93 y 94, el segundo con final española ante Alberto Berasategui) dibujaron un panorama esperanzador, marcado por la fuerte identificación del tenis patrio con la tierra batida. El último Grand Slam en pista rápida conquistado por un español databa de 1975 (Manuel Orantes, Open de Estados Unidos). Peor estaban las cosas en Wimbledon y Australia, terrenos en los que no colocábamos un finalista desde los años 60.

En enero de 1997, el Melbourne Park acogió una nueva edición del Open del país oceánico. Pete Sampras, Boris Becker, Thomas Muster, Goran Ivanisevic  o Michael Chang destacaban en la lista de favoritos. Albert Costa, cabeza de serie número 10, partía como el tenista nacional con mayores posibilidades de colarse en octavos o cuartos. Avanzar más allá parecía imposible, pese a un par de precedentes esperanzadores en superficies hostiles (la cruel derrota del incansable Àlex Corretja en cuartos de final del Open de Estados Unidos contra Sampras, tras desperdiciar una bola de partido, y la medalla de plata de Bruguera en Atlanta’96). Además de Albert, Félix Mantilla o los propios Corretja y Bruguera aspiraban a realizar un buen papel. También andaba por ahí Carlos Moyá, un mallorquín de sólo 20 años, número 25 de la ATP, cuyo potencial y expectativas chocaban con la dura realidad: Boris Becker, defensor del título, era su rival en primera ronda.

Como era lógico, casi nadie daba un dólar por él en las apuestas. Debieron hacerlo. Moyá se rebeló contra los pronósticos y superó a Becker en cinco sets (5-7, 7-6 (4), 3-6, 6-1, 6-4). El inesperado resultado sacudió los cimientos de las pistas del Melbourne Park. Todavía quedaba lo mejor. Patrick McEnroe (hermano pequeño de John), Bernd Karbacher y Jonas Bjorkman también cayeron frente a Carlos, cada vez más confiado en sus opciones de hacer historia bajo el asfixiante calor de Melbourne. El siguiente adversario fue Félix Mantilla, otro que le estaba cogiendo el gusto a la competición. En juego estaba el pase a semifinales, un logro tremendo en aquellos tiempos. Moyá, con el aplomo de un veterano, se impuso con autoridad en cuatro mangas. El joven balear era la sensación del torneo. Sacaba y voleaba con eficacia, cualidades difíciles de encontrar en el tenis español de la época. El carisma y la frescura que transmitía cautivaban al público australiano. A miles de kilómetros de distancia, en las madrugadas de Palma de Mallorca, familiares y paisanos, inundados por la emoción, soñaban despiertos.

Carlos compartía cartel en semifinales con Sampras (verdugo de Costa en cuartos), Muster y Chang. Michael, finalista en la edición anterior, era la última valla antes de la recta de meta. Con una solvencia insultante, Moyá liquidó al cabeza de serie número dos (7-5, 6-2 y 6-4) y se plantó en el día decisivo de la competición. Como si nada. En un par de semanas, había pasado del anonimato a la fama en medio de un cóctel de emociones de difícil digestión. Moyá, de carácter tranquilo, supo lidiar con esta situación con una madurez impropia de su edad, pero en la final pagó el ineludible peaje de la inexperiencia. De la inexperiencia y de competir contra un coloso. Pete Sampras, tirano de las superficies rápidas en el tenis de los 90, le sacó de la pista sin contemplaciones en 87 minutos (6-2, 6-3, 6-3). El sueño se había roto el último día.

Aquella jornada aparecieron los primeros gestos de tristeza en la tez del ídolo naciente. Pese a la decepción, Moyá puso, una vez más, a la afición local a sus pies en el discurso de la entrega de premios. Tras recalcar lo especial que había resultado su estancia en Australia, concluyó con un célebre “Hasta luego, Lucas”. El abarrotado Rod Laver Arena aclamó a la nueva estrella. Un atrevido veinteañero de pelo largo, recogido con una cinta, y rebosante de talento. La temporada siguiente ganaría Roland Garros. En marzo de 1999, en Indian Wells, se convertiría en el primer español en ser número 1 de la ATP. Tenía 22 años. Nadie se atrevía a poner límites a Carlos Moyá, promesa emergente del tenis mundial. Los escépticos acabaron por entregarse al nuevo orden durante esos inolvidables días de enero de 1997. Había vida más allá de la tierra batida.

 

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