All-Star de Oakland 2000: el truco más recordado de Jason Williams

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El Oakland Arena alucinaba con los malabarismos de Jason Williams. Como todo el mundo. Impresionar al público de la NBA, acostumbrado a acciones portentosas y canastas increíbles, no resulta fácil, pero el peculiar base se estaba gustando en el Rookies vs Sophomores del All-Star 2000. Crecido por los continuos aplausos de la grada y apoyado en una autoconfianza de hierro, Williams decidió que era una ocasión propicia para intentar algo realmente original. A falta de seis minutos para la conclusión, cuando enfilaba la canasta en un contraataque, Chocolate Blanco se pasó el balón por la espalda con la mano izquierda y lo golpeó con el codo del brazo derecho. La increíble asistencia llegó a las manos de su destinatario: Raef LaFrentz. James Posey impidió la canasta con una inoportuna falta, hecho que no impidió la ovación de todo el pabellón. Gritos y aplausos de admiración dirigidos hacia un hombre especial. Un talento único cuyo principal objetivo era divertir y divertirse. Al fin y al cabo, ahí radica la esencia de cualquier juego.

En su segundo año como profesional, Williams, con la cabeza rapada y los brazos surcados por tatuajes, seguía empeñado en contribuir a que el vacío deportivo y emocional provocado por la retirada de Michael Jordan fuese más llevadero para los fans de la NBA. En aquellos tiempos, la mejor liga del mundo, traumatizada por el adiós del mítico 23, temía perder gran parte de su atractivo en el mercado nacional y global. Además de Jordan, Pippen, Barkley, Olajuwon, Stockton, Malone o Reggie Miller (algunos de ellos miembros del inolvidable Dream Team de Barcelona ’92) estaban en la cuesta abajo de sus carreras. Mientras tanto, Bryant, O’Neal, Webber, Garnett, Iverson o Duncan aspiraban a tomar el relevo de una generación legendaria.

Una apuesta arriesgada

El draft de 1998 se celebró pocos días antes del inicio del cierre patronal que retrasó la apertura del curso hasta febrero de 1999. Michael Olowokandi fue elegido en el puesto número 1 por los Clippers. Una decisión, vista en perspectiva, como mínimo cuestionable. Por detrás fueron nombrados Mike Bibby, Antawn Jamison, Vince Carter, Dirk Nowitzki y Paul Pierce. También un base blanco de la Universidad de Florida, famoso por sus habilidades dentro de la pista y sus patinazos fuera de los pabellones.

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Jason Chandler Williams, nacido en West Virginia en 1975, fue seleccionado por Sacramento Kings en la séptima posición. El equipo californiano, inmerso en un proceso de reconstrucción, estaba dispuesto a otorgar galones a Williams, pese a su reciente suspensión por consumo de drogas. Un movimiento arriesgado de consecuencias inciertas para la franquicia.

Irreverente y genial, Jason iluminó la NBA desde el primer día. Su desempeño en las pistas de la Liga acaparó highlights y hechizó a los aficionados de medio mundo. Todo ello con un barniz de rebeldía expresado en un carácter complicado. Bajo la descarada batuta de Williams, Sacramento se convirtió en uno de los equipos más espectaculares de la competición. Un conjunto que te devolvía el precio de la entrada durante 48 minutos de show ininterrumpido.

Williams, un ilusionista con el balón, sujetaba la pistola en esa ruleta rusa que eran los partidos de los Kings. Inconsistente en el tiro a canasta, cedía protagonismo ofensivo mediante asistencias de fantasía, muchas de ellas sin mirar al receptor del pase. Finalizó su primera temporada en la NBA con promedios de 12,8 puntos y seis asistencias. Además, formó parte del quinteto ideal de rookies, junto a Carter, Pierce, Bibby y Harpring, aunque los reconocimientos quedaron ensombrecidos en los playoffs por la prematura eliminación ante Utah Jazz en el quinto y definitivo partido de la serie.

Al curso siguiente, 1999-00, Jason Williams se consolidaría en el rol de animador de la competición. Webber, Divac o Stojakovic se movían al compás de su magia en perfecta armonía. Los divertidos Kings crecían mientras aumentaba el entusiasmo de sus aficionados. En febrero de 2000 llegó el All-Star de Oakland, una oportunidad ideal para proyectar su habilidad e ingenio al resto del mundo. Williams no la desaprovechó y todos se lo agradecimos. Bendita locura.

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